JOSÉ VICENTE PASCUAL
Calderón se preguntaba quién nos sueña. Quién piensa nuestros pensamientos. Cuando dejamos que el silencio del mundo renazca por encima de todos los ruidos inútiles, atronadores, desconcertantes y por ello mismo plagados por la mentira, y ese mismo silencio que siempre ha estado presente se convierta en realidad posible -la única realidad inevitable-, es entonces el momento de aceptarlo: nada sabemos sobre nosotros mismos, nuestro yo recóndito, nuestra personalidad más profunda. La voz que nos habla de la inquietante paradoja es el silencio.
Cuando llevamos mucho tiempo esperando sin ruidos ni pensamientos que alteren la simple calma en la observación de nuestro vacío, puede que seamos igualmente capaces de dejar de esperar. Abstraídos en nuestro ser propio, sin contacto con la inmediatez y todo cuanto la representa, unidos a la potestad de lo infinito que existe y que es todo y uno resumido en el tiempo, entonces, se dice, despierta renacida nuestra conciencia y el universo entero nos es revelado. Todo gira en torno a dos percepciones decisivas: la conciencia y el tiempo. De ambas, muy poco sabemos; sin embargo son las únicas señas que llegan nítidas al entendimiento sobre la verdad última del mundo, cuanto late y susurra más allá de la apariencia sensible de las cosas.
Con esos dos elementos, el tiempo y la conciencia, ha construido Félix J. Palma una novela extraordinaria, ´El mapa del tiempo´. Y es de bien nacido lector agradecer ese detalle porque, sinceramente, cada día resulta más difícil encontrar entre las novedades editoriales alguna que merezca en verdad la pena. Si la obra, además, transciende la sencilla ilusión del aprobado para situarse en la radiante autoridad de las novelas magistrales, en tal caso, la satisfacción del lector zascandil -cual soy yo-, debe expresarse inmediatamente, para que los libreros no arrumben la novela en el fardo de devoluciones y los editores no coloquen a la edición el funesto sello de "descatalogado". Cada cual hace lo que puede por el libro que lo merece, y como yo puedo al día de hoy escribir esta página, no olvido, porque ni quiero ni debo, a la novela de Félix J.
Ah, no crean ustedes. El artículo me está saliendo algo abstruso, mas ´El mapa del tiempo´ se lee como lo que es: una inmensa novela de aventuras donde el pulso de la acción y el desarrollo de la intriga se centran, al mejor estilo de los relatos clásicos del "romance científico", en la posibilidad de viajar en el tiempo, cambiar el presente, alterar "el tejido" temporal y abismar el conocimiento humano -siempre tan menguado el pobre-, al océano deslumbrante de los universos paralelos.
Inteligente en su planteamiento, amena y escrita con espléndido estilo, en la narración irrumpen con vigor de personajes literarios autores verídicos, los fulgurantes "padres fundadores" del género, como H.G. Wells, Bram Stoker o Henry James. Será Wells finalmente, en las últimas páginas de la novela, quien sugerirá la exquisita aporía: si el tiempo es materia viable, ¿por qué no ha de serlo la propia conciencia? ¿De quién somos pensamiento, quién nos imagina y qué escritor del futuro escribe ahora mi pasada realidad? No es asunto menudo ponerse a pensar en ello. Al final, entra como vértigo. Mira por donde, en el precio de la novela van incluidas entradas para unos cuantos viajes temporales y, a más regalo, un pase para la noria donde se agita la imaginación hasta la completa lucidez, es decir: el aturdimiento. No conozco a Félix J. Palma ni falta que me hace para reconocerlo soberbio novelista, rara avis en el panorama literario. No porque escriba bien, que lo hace, sino porque nos llega convencido de la persistente posibilidad de la literatura. Entre tanta novela sobre amores de oficina y aflicciones existenciales de nuestras sentidas clases medias, una novela con H.G. Wells y el tiempo como protagonistas es tan excitante como un viaje hacia la cuarta dimensión. Hacia lo desconocido. Los arcanos del mundo siempre guardarán maravillas por descubrir. Evidentemente, reservadas a quien apetezca buscarlas.