IRENE MOLERO.
Gandhi dijo: “Ninguna dificultad puede abatir a los hombres que tienen fe en su misión”. Esta frase representa muy bien el sentido de todos los misioneros que están entregando día a día su obra y su vida a los demás, en países tan lejanos y recónditos que necesitan de mucha ayuda para salir adelante. La Diócesis de Guadix-Baza desarrolla en este sentido una labor muy importante con 56 misioneros que actualmente están repartidos por países de Latinoamérica, África y Asia.
La gran mayoría de ellos son religiosos que decidieron un día cruzar las fronteras y abandonar la zona norte de la provincia para meterse de lleno en la aventura de predicar el Evangelio en las áreas más desfavorecidas del mundo. Junto a estos religiosos, también se encuentran misioneros laicos, que además de evangelizar contribuyen al desarrollo y el progreso de sus lugares de destino.
Detrás de los evangelizadores de la Diócesis de Guadix se descubren algunas vivencias personales realmente apasionantes y llenas de testimonios que podrían dar ejemplo a muchas personas. Entre ellas, por ejemplo, la de un padre carmelita de Guadix destinado en Irak o un misionero de La Huertezuela que lleva muchos años trabajando en el Chad, en África.
Pero las dos historias que quizá sean las más representativas de la vida de un misionero son las del padre Damián Carvajal, que lleva 54 años trabajando en una isla del mar Caribe, y la del sacerdote Patricio Larrosa, creador de la Asociación Colaboración y Esfuerzo (ACOES) en Honduras. Damián Carvajal. “Mi vida sacerdotal ha estado llena, y lo sigue estando, de grandes satisfacciones”, asegura este sacerdote.
La misión del padre Damián Carvajal, natural de la localidad de Huéneja, comenzó en una pequeña isla del Mar Caribe hace más de medio siglo. Recién ordenado y con 25 años, este sacerdote no se lo pensó dos veces y decidió viajar hasta las lejanas tierras de la Isla del Encanto de Puerto Rico para trabajar intensamente en el desarrollo de su comunidad y anunciar el Evangelio a todos sus habitantes.
“Mi llegada a Puerto Rico, a los 25 años, cuando ya llevaba un año en la Parroquia de Cuevas del Campo, se debió a la propuesta del entonces obispo de Guadix don Rafael Álvarez Lara, que fue el que me ordenó. Vine a través de la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano-americana (OCSHA), recién fundada en Madrid tras la petición del Papa Pío XII a los obispos españoles de enviar misioneros a América Latina y por el ‘boom’ de vocaciones surgidas en España tras la Guerra Civil”, explica Carvajal, quien actualmente, y a pesar de su edad, atiende la parroquia Cristo Redentor en el centro de San Juan, la capital de Puerto Rico.
El misionero ha trabajado en casi todos los campos de la pastoral, además de haber colaborado en otras dos parroquias como coadjutor y en cuatro más del área metropolitana como párroco. Incluso le tocó dirigir la construcción de dos iglesias parroquiales del lugar. “En los primeros años me encargó el señor arzobispo la dirección de la Federación de Hijas de María a nivel diocesano, algo así como lo que en España era la Acción Católica Femenina. En la pastoral sanitaria estuve encargado de cuatro grandes hospitales y la formación cristiana de dos escuelas de enfermeras.
En la atención a los enfermos tuve unas experiencias muy hermosas, que me hicieron crecer espiritualmente”, destaca el sacerdote. Durante su misión, el padre Carvajal también ha desempeñado el cargo de defensor del vínculo matrimonial en la curia diocesana y la dirección del movimiento de Cursillos de Cristiandad, que iniciaron en Puerto Rico un sacerdote y tres seglares mallorquines. “Estuve trabajando en este movimiento durante cuatro años que fueron una maravilla para mí porque pude ver la conversión a la fe de muchos hombres, muy alejados de la vida cristiana y de la iglesia”, recuerda.
La decisión, sin embargo, de hacerse un joven misionero no fue precisamente un camino de rosas. El sacerdote asegura que fue un “golpe muy fuerte” para sus padres y hermanos, sobre todo porque sus progenitores estaban a punto de irse a vivir con él para atenderle en las labores domésticas “como era costumbre en aquel tiempo”. Con el paso de los años este clérigo supo que tomó la decisión correcta, ya que según confiesa, su vida pastoral “ha estado llena, y lo sigue estando, de grandes satisfacciones”. En cuanto a su adaptación a las costumbres del lugar, el padre Damián Carvajal rememora que fue bastante buena debido, principalmente, al carácter de los puertorriqueños. “Aman a los sacerdotes, aún cuando muchos están alejados de la práctica católica”, afirma.
La situación económica en este país es bastante complicada. El estatus político de la Isla del Encanto es el de Estado Libre Asociado, unido a EEUU, pero con cierta independencia que depende en gran parte de las ayudas del Gobierno Federal. En esta isla viven cuatro millones de personas, agrupadas en un área más pequeña que la provincia de Granada. “Aquí hay mucha pobreza y ahora, con la crisis económica mundial, más todavía, ya que aumenta el desempleo. Muchos deciden marchar a Estados Unidos, pues rara es la familia que no tenga parientes o amigos allá”, destaca el sacerdote.
La gran labor de este religioso misionero no ha pasado desapercibida para el Papa, que hace dos años le concedió el título honorífico de capellán de Su Santidad –Monseñor–, aunque es una distinción con la que no está muy de acuerdo. “Mis feligreses y amigos me siguen llamando padre, como les he pedido”. Patricio Larrosa.Resume su labor en “intentar ayudar a los más marginados, principalmente niños muy pobres”. “Cada año parece que termino de llegar, por lo que hace falta por hacer”, destaca el misionero Patricio Larrosa, un sacerdote de Huéneja de 48 años que lleva 16 en Honduras al servicio de los más pobres y en todas sus necesidades: las del cuerpo y el alma. “Crear fraternidad en el mundo, que creo es el mensaje del Señor en su Santo Evangelio. Para ello celebramos los sacramentos, catequesis, retiros, alimento del alma; y comedores, ayuda a estudiantes, viviendas, para las necesidades del cuerpo”, relata a La Opinión el misionero.
Larrosa es el creador de la Asociación Colaboración y Esfuerzo (ACOES), una organización no gubernamental y sin ánimo de lucro que inició sus pasos hace ya más de diez años en Tegucigalpa con los objetivos “de promover entre las personas más desfavorecidas la educación, la justicia, la paz, los derechos, la igualdad, la solidaridad, el desarrollo integral del ser humano, contribuir a la mejora de la salud y propiciar mejores condiciones de vida para las personas que más lo necesitan”. La labor, por tanto, de este misionero es bastante complicada.
“La mies sigue siendo abundante y los trabajadores son pocos. Hacen falta muchos brazos, muchas personas que quieran continuar la obra empezada por Jesús de hacer un mundo donde vivamos como verdaderos hermanos. Un mundo comunidad donde a nadie le sobre y a nadie le falte. Un mundo donde podamos vivir el mandamiento del amor”, señala el padre Larrosa. Sobre sus comienzos como sacerdote, y post e r i o rment e como misionero, Patricio Larrosa guarda muy buenos recuerdos, ya que según explica, tuvo bastante suerte al nacer en Huéneja rodeado de gente que le ayudó, entre ellos su familia, que siempre le respetó su decisión de dedicarse a los demás. “Ellos me alentaron a que decidiera con libertad sobre mi vida, algo que, aunque ha pasado el tiempo, todavía siguen en la misma tarea”, añade.
Ahora, en su misión de atender a todos aquellos pobres que viven en Honduras, Larrosa está haciendo un trabajo de auténticos titanes. Para comenzar, durante su misión ya ha construido centros infantiles, escuelas, casas para estudiantes, en definitiva, todo lo necesario “para que salgan de la pobreza y sea enseñar a pescar, más que a dar el pez”. Junto a sus colaboradores, ayuda a los ancianos y a las gentes de las zonas rurales e indígenas, además de buscar a todas las personas que quieran ayudar bien desde España o desde el propio Honduras.
“Realizar una labor así es muy sencillo. Produce alegría y cuando uno comienza, aunque cueste algo, es muy difícil dejarlo ya. No se encuentra otra tarea que alegre tanto el corazón como intentar servir a los demás”, afirma el misionero. Nunca se ha sentido desprotegido por estar tan lejos de su país. Más bien al contrario. Para él estar en Honduras es como estar en su propia casa.
“Algunas familias de Honduras creen que no tienen derecho a vivir ni a recibir ayuda. Se muestran tan profundamente agradecidas por casi nada que reciben, que a uno lo comprometen con su agradecimiento a seguir ayudando porque te dan más de lo que han recibido”, asegura Larrosa. En su difícil misión de dar ecuación y desarrollo en uno de los países más pobres de Latinoamérica, el sacerdote explica que se trata de “una labor que hay que aprender cada día, nunca se termina de saber y todos te pueden enseñar. Los expertos en servir siempre son las personas sencillas. Una suerte encontrarlas en la vida”.