JAVIER BOZALONGO
Los vendedores de humo tienen suerte porque su maletín está siempre vacío, y pueden ir de aquí para allá voceando las ventajas de la nada que ofrecen, sin que nadie les reclame después porque el producto falla, pues el vacío puede ser impredecible, pero siempre estará vacío. Cuando la mercancía empieza a escasear, procuran avivar las cenizas de lo que pudo haber sido (las cenizas también son poca cosa, casi nada), para recuperar el humo, o directamente provocan un incendio con lo que tienen más a mano y acercan su maletín a la hoguera para volverlo a llenar con la materia prima con la que comercian. Lo malo de los pirómanos es que no suelen calcular bien el riesgo: o los árboles quemados les procuran poca “madera” o no sabían que hay demasiados “bomberos” apagando las llamas con la tinta de sus bolígrafos.
La realidad, en cambio, nunca es ligera, y construirla y mantenerla requiere a menudo un esfuerzo que no todos están dispuestos a hacer; exige responsabilidad y cordura además de dedicación, y ya se sabe que el tiempo no es divisible, así que algo habrá que dejar de hacer mientras se cumple esa tarea. Defender la realidad que habían construido les costó a muchos vivir durante años interminables fuera del país en el que habían nacido; y a los menos afortunados les costó, directamente, su propia vida, que les fue robada en el empeño.
Muchos años después, la memoria sigue siendo un bien precioso –no por bella sino por imprescindible– que es necesario defender, y el sueño que se pierde en recuperarla bien vale un sueño mayor. La geografía se enseña mediante mapas, y la historia mediante manuales en los que se vierte lo aprendido, lo comprobado y contrastado, y no debe basarse en conjeturas que, amparadas en una supuesta libertad de expresión viertan sobre los lectores las mentiras de esa historia. Ni siquiera en la literatura vale todo. Uno puede hacer de la ficción el territorio de lo fantástico, pero no pretender que sea fantástico todo lo que inventa. Dice Andrés Neuman que “se escribe desde dos lugares: el agradecimiento o el rencor”. Que cada cual ocupe su lugar. De no estar conforme con el mío, yo tampoco hubiera recurrido a la justicia para reclamar uno distinto.