FRANCISCO ROMACHO
Besé (en la boca) a mi novia en el semáforo del Triunfo y una señora gritó guardias, guardias, qué poca vergüenza a plena luz del día. Cientos de miles de besos después nos seguimos riendo mucho de aquella mujer perturbada por nuestros labios perturbadores. Se murió Franco y me bajé de Madrid a disfrutar del luto entre los muslos de la mujer amada. El expreso bañaba de hollín y gruñidos de raíl los pensamientos.
Diez horas de poesía metálica (te encontraré en un jardín de asfalto/ amamantando mariposas de hierro) en busca de las primeras horas de libertad en una ciudad mordida por el miedo. Plaza de Gracia, siete de la tarde, tiran una colilla de la ventana de atrás de un furgón de grises. Me cae sobre la punta de la bota (campera, naturalmente), la piso con rabia. Se baja un energúmeno. Me coge del cuello. Me sopla una hostia. Perturbación del orden público. Y era delito aquel pisotón perturbador de una colilla franquista.
Dos periodistas y yo todavía en trance. Coño que tal, coño qué alegría vernos, coño unas cervecicas, coño nos echamos unos chinos y el último paga, total por entretenernos. Son dos, no son tres, no fui yo quien dijo tres, no perdona fui yo, a ver si te vas a creer que por que publiques esos artículos de folletás en Madrid vas a venir por aquí a tratarnos como pueblerinos con balcones. Es al revés, he sido yo el que ha dicho tres y lo que te pasa a ti es que te mueres de envidia porque trabajas en esa mierda de hoja parroquial colmada de pollas santas y meapilas y lo mejor que has publicado en tu vida es el resumen del sermón del obispo.
Aquellos dos perturbados, granadinos de profesión, se despellejaban por treinta pesetas. A los cuarenta y tres años de prometérselo a su amigo Federico, Rafael Alberti entró por fin en Granada. Jara le dio las llaves de la ciudad. Había algo religioso y pagano y festivo y fúnebre y alegre y triste en la estela de aquella hermosa cabellera blanca. Y una foto que debo encontrar entre decenas de cajas: Alberti se deja querer por Javier Egea y Luís García Montero que le flanquean sonrientes, colmados. Unos metros más atrás tal vez algunos se sienten perturbados por la estampa demasiado feliz de los muchachos y el viejo y hermoso todavía. Una perturbación por la que rechinaban los demonios de la envidia.
Un fascista, un perturbado, presidente de una cámara de comercio de un pueblo de la Costa se pasea pistola en mano en un mitin. Lo escribo. Se querella. El supremo me condena a dos meses de cárcel y una multa de medio millón de pesetas. Una sentencia tan perturbadora como el ruidoso silencio que me acompañó en aquellos días, meses, años. Tengo una lejana memoria de Fortes que me deja, en el mejor de los casos, un poso de extravagancia, que también puede llamarse libertad de cátedra. Tengo de García Montero pocos ratos y una admiración no sé si sana por su incansable talento. Soy con él en que estas cosas de perturbados y perturbaciones no deben entrar en los juzgados sino salir en los periódicos con adjetivos de mucho humo y mucho rencor hasta que alguno de los dos no pueda levantarse del peso de una coma. Y sugiero se le pase ya el berrinche y le venga la risa floja y continúe con la catalogación de los perturbados en la ciudad de las perturbaciones.