ANTONIO CAMBRIL
Miguel Ángel Torres ha fallado. Ha condenado al poeta Luis García Montero a unos cuantos miles de euros de multa por injuriar al profesor José Antonio Fortes y ha aprovechado la sentencia para reprender a ambos por insultarse de manera grosera sin hacer uso de la sátira y de la ironía, como lo hicieron en el Siglo de Oro Góngora y Quevedo. Tal que Umbral y Borges, aquellos dos altos magistrados del columnismo y el ensayo literario que comparársele pueden,Torres ha actuado en esto, sólo en esto, como juez y parte ilustrada al disertar y arrojar otrosíes y considerandos sobre la calidad de los denuestos. Y su fallo ha sido sonado. Primero porque aquí no se dirimen cuestiones literarias, sino personales y departamentales. Ésta, por ejemplo: ¿ha dicho o no Fortes que Lorca era un teórico del fascismo? Y, segundo, porque los clásicos, culteranos o conceptistas, pastoriles o palaciegos, se insultaron mucho y con más saña de la utilizada por Luis en el artículo de El País en que llamó a Fortes “profesor perturbado”.
En la página 439 de las Obras completas publicadas por Aguilar, dice de Góngora Quevedo: “Yo te untaré mis versos con tocino, porque no me los muerdas, Gongorilla, perro de los ingenios de Castilla, docto en pullas cual mozo del camino”. La descalificación del cordobés por judío es el aperitivo. Después, en los ocho poemas siguientes, Quevedo lo llama “cima del vicio”, “poeta de bujarrones”, “orejón del diablo”, “puto”, “bobo”, tahur”, ”sonado”, “sucio”, “mentecato”, “mondonguero” y “almorrana”... insultos plenos, meridianos y solares por más que le pese a Torres como crítico literario. Luego García Montero, en lo que a ofender con destreza se refiere, se ha quedado alicorto. Por lo demás, sobra este entretenimiento de la justicia en un asunto pueril que se debería haber resuelto en el ámbito estrictamente académico. Falta, sin embargo, otra investigación, la universitaria, destinada a averiguar si alguien, amparado en la libertad de cátedra, tuerce la historia al tiempo que miente y confunde a sus alumnos.
Y lo otro, lo sustancial, lo penoso: la espantada de Montero, un poeta inmenso y renombrado, viene a alimentar la fama de cainita de la ciudad, en ocasiones tan bien merecida. Y deja un vacío enorme en la enseñanza superior que sólo podrá cubrirse con el fichaje urgente del juez Torres como profesor adjunto del Departamento de Literatura. Allí no fallará.