DANI R. MOYA
Hace diez años la Universidad no estaba tan a la última en tecnología como lo está hoy y las matrículas no se podían hacer por internet. Había que guardar largas colas, primero para sacar número, y después, con ese turno, acercarse a la secretaría de la facultad para entregar la matrícula. De las asignaturas que se podían escoger había varias que, sabíamos los alumnos de primero, o te dabas prisa en entregar la matrícula o te quedabas fuera. Ningún alumno de Filología Hispánica medianamente informado quería, por ejemplo, perder la oportunidad de asistir a las clases de Juan Carlos Rodríguez, el señor del sombrero de tango que explicaba a Cervantes o a Góngora y Quevedo –al juez Torres seguro que le gustarían estas clases– con tal fascinación que nadie miraba el reloj en toda la hora y media. Pero si había una clase en la que todos queríamos estar era en la de Luis García Montero.
A pesar de que era la única asignatura de toda la carrera que se impartía en los auditorios, las plazas eran limitadas. Aquel año, con otros compañeros, decidimos pasar la noche en los alrededores del Campus de Cartuja para ser los primeros en coger número para poder matricularnos en ‘Federico García Lorca y la Generación del 27’, turno de tarde. Que las apariencias engañan lo comprobé ese mismo año cuando asistí a la primera clase de otra asignatura en la que también me había matriculado atraído por su nombre: ‘Literatura española desde 1939 : dictadura, exilio y democracia’, impartida por José Antonio Fortes, del que no había oído hablar en mi vida. Fueron pocas las clases a las que asistí, pues desde el primer día tuve conciencia de que dos días por semana todo un cuatrimestre escuchando arengas a las que no había forma de encontrarles ni pies ni cabeza, podían perturbarme.
En las siete u ocho clases a las que fui pude escuchar de su voz eso que en estos días sabe ya toda España, que “Lorca era un escritor en fascismo”, que Francisco Ayala colaboró con el régimen franquista y que “el del taxi”, su “consorte”, y otros escritores de éxito se habían “vendido al capitalismo”. Así un día, dos días, tres días... hasta que preferí cuidar mi salud mental y salir de allí. En estos días me he lamentado muchísimo por no haber denunciado en su momento aquello.
En mi descargo, sólo me queda la excusa del estudiante temeroso que sabe que en la universidad la relación alumno-profesor no es una relación de iguales y que, ante todo, lo que importa es aprobar. También me he lamentado de que mi misma cobardía de entonces continúe hoy en las autoridades universitarias, que conocen el extravagante revisionismo que este profesor exhibe en sus clases y no hacen nada.