Ian Gibson

La eterna búsqueda del sur

Hijo de metodistas irlandeses, desde joven se interesó por la España visceral y trágica, y nunca ha abandonado una obsesión llamada Lorca

 
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Caricatura del Historiador y escritor Ian Gibson.
Caricatura del Historiador y escritor Ian Gibson.  Enrique Bonet
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JORGE PARADINAS La vida, a veces, da más vueltas que una noria. Se puede haber nacido en la húmeda Irlanda, bajo una educación familiar estricta, para acabar, décadas después, abrazando la peculiar forma de vida española, soportando rigores estivales y gente que habla a gritos, dejándose imbuir por el caos diario o desentendiéndose de la tiranía de los horarios. Es posible, e Ian Gibson, irlandés de nacimiento y español según el DNI, hombre con fama de bonachón tozudo, lo sabe.

Ahora vive en el madrileño barrio de Lavapiés, el más castizo de la capital, pero este hombre con las maletas siempre preparadas y con el pasado eternamente presente suele echar miradas al sur, a las tierras granadinas que le cobijaron por primera vez en los sesenta, cuando todavía era un ´guiri´ anónimo.

El dramático final de Federico García Lorca se convirtió entonces en un imán irrechazable. Muchos estudios, ensayos y biografías después, la figura del poeta de Fuente Vaqueros se mantiene viva como una obsesión para Gibson, un estudioso que no se anda con rodeos: no sólo defiende con palabras la exhumación de la fosa de Alfacar, sino que está dispuesto a entregar la Medalla de Andalucía recibida hace una década si se decide echar tierra sobre la historia.

Gibson nació en una familia metodista de Dublín, de costumbres tan arraigadas como estrictas, en la que Dios era el referente. Él mismo reconoce que aún no ha curado el miedo al infierno , pese a su convencido cristianismo sin Dios y con Cristo. No es de extrañar que en aquel ambiente pensase en convertirse en pastor protestante capaz de remover conciencias, aunque la vida finalmente le apartó de dicho camino. Eso sí, afirma que él ´pastorea´ a su manera, con sus libros.

Como buen irlandés, el joven Gibson jugaba al rugby, pero la escritura y la historia le sedujeron más que los balones ovalados. Dicen que el descubrimiento de la figura de Gerald Brenan y del aura que desprendía el hispanista británico aficando en la Alpujarra le cautivaron hasta el extremo de seguir sus pasos. Quizás esta circunstancia explique, en parte, su vocación hispanista. También el carácter trágico de la historia de España pudo alimentar la curiosidad del veinteañero Gibson, que en los sesenta desembarcó por primera vez en un país que sólo conocía a través de los libros.

Recursos para defenderse en la España franquista no le faltaban: obtuvo la licenciatura en Literatura Española y Francesa en el Trinity College de Dublín en 1960 e inició su andadura como profesor universitario impartiendo clases de español en la Universidad Queen´s de Belfast, en Irlanda del Norte. Llegó a Granada por primera vez en 1965 para realizar una tesis sobre la obra de Federico García Lorca y surgió un flechazo con esta tierra del que aún no ha logrado liberarse. Es cierto que volvió a Gran Bretaña, pero su destino parecía ya escrito.

Tras dejar la vida académica se instaló definitivamente en España. De hecho, desde 1984 tiene la nacionalidad española. En Madrid comenzó a escribir su biografía sobre Lorca, un trabajo que sin duda le encumbró. Desde entonces no ha parado de seguir las huellas de los grandes genios españoles condenados por una tragedia llamada Guerra Civil: Así exploró en la vida de Dalí o Machado.

Como no podía ser de otra forma, Gibson se reconoce un admirador de España, aunque no de todas sus costumbres. Este historiador, que junto a Hugh Thomas y Paul Preston forma la trilogía de hispanistas de las islas que se ha dedicado al estudio de la historia reciente del país, siempre se ha mostrado cercano a las posturas más liberales y suele renegar de los postulados de la derecha.

En 1991 se instaló en Restábal, cerca de las Alpujarras de Brenan, hasta que en 2004 regresó junto a su mujer, Carol, a Madrid. Le gusta compartir una conversación amena con amigos en torno a una mesa y un buen vino y, quienes le conocieron durante su etapa granadina, destacan de él su carácter afable, aunque a veces "saca a relucir cierto mal genio irlandés".

La tozudez también parece definirle. Es extremadamente fiel a sus ideas, algo que se vio reflejado hace unos días, cuando en pleno debate sobre la exhumación de la fosa de Alfacar amenazó con devolver la Medalla que le concedieron en 1998 si finalmente no se desentierran los restos. Este asunto no es una broma para alguien que ha dedicado gran parte de su vida a estudiar la vida de Lorca.

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