JORGE PARADINAS
Nunca es bueno generalizar, porque de esta manera se falta habitualmente a la verdad, pero si en algo coinciden muchos de los granadinos que han protagonizado la vida social de la provincia en las últimas décadas es en que, si se necesita eficacia, o, dicho de otra manera, solucionar algo de forma urgente y razonable en Granada, Jerónimo Páez López es el hombre adecuado. Este abogado granadino, nacido en 1944, posiblemente sepa poco lo que es el asueto. Todo lo contrario, escasas veces en los últimos 40 años se ha encontrado libre de ocupaciones. Su prestigio, alcanzado con los años, es tal en Granada, que se podría decir sin temor a equivocaciones que es el comodín perfecto para cualquiera que quiera sacar adelante un proyecto ambicioso.
Páez es actualmente director de la Fundación Legado Andalusí, pero muchos consideran que su prestigio dentro de la sociedad granadina, siempre tan ´suya´ y complicada, parte de su época al frente de Cetursa, la empresa que gestiona la estación de esquí de Sierra Nevada, y más en concreto de la organización de los Campeonatos del Mundo de Esquí que, contra viento y marea –un dicho acertado si se tiene en cuenta las complicaciones meteorológicas que aplazaron las pruebas un año–, logró sacar adelante en la estación invernal granadina.
Tiró de ´agenda´, es decir, de los contactos que entonces ya tenía –incluida la Casa Real, según dicen–para convencer a los directivos de la Federación Internacional de Esquí de que la falta de nieve en Sierra Nevada en 1995 era algo circunstancial, una broma pesada de la climatología subsanable al año siguiente. Consiguió convencer a dichos directivos, pese a que todo parecía en contra, incluidas las manifestaciones del ´campeoníssimo´ italiano de la época y referencia de este deporte, Alberto Tomba, que llegó a asegurar despectivamente que competir en Granada era como hacerlo en África.
Fue un examen duro, pero se aprobó y sirvió para que Páez se consolidase como hombre de prestigio, serio y eficaz a la hora de organizar cualquier actividad. No ha parado de recibir proposiciones de trabajo desde entonces, propuestas a las que muchas veces ha tenido que decir que no por falta de tiempo o por la imposibilidad de darles una plena dedicación.
Lo curioso es que, pese a su reputación, todavía hay mucha gente a la que le sorprende el éxito profesional y público de Páez debido, según aseguran, a una personalidad y un carácter enredado en mil vericuetos, a veces difíciles de descifrar. Es, por ejemplo, un hombre cercano en el trato, pero al mismo tiempo suele huir del teléfono, al que sólo recurre como recurso para diligencias rápidas. Por eso ahora, en una sociedad esclava del móvil, puede parecer, equivocadamente, distante y poco accesible.
Es capaz de ganarse la simpatía de cualquiera gracias a su capacidad dialéctica, a su verbo fácil y a su cultura general, pero los más críticos le ponen en su debe que a veces es extremadamente terco en sus postulados, e incluso maniático en su forma de ser y sus costumbres. Entre sus aficiones destacan los libros, especialmente los de viajes, de los que posee importantes y valiosos ejemplares. A Páez le gusta igualmente disfrutar de la ´buena mesa´ –vino y comida–, aunque no es un hombre de excesos en este sentido. Por supuesto, el esquí, deporte que ha jugado un papel importate en su trayectoria profesional, se cuenta entre sus aficiones. De hecho, fue campeón de España universitario en los años 62 y 63.
Lo califican de exigente con quienes trabajan a su lado, ya sea en su despacho de abogados o en los cargos públicos que ha ocupado, pero dicha severidad va acompañada de honestidad: sabe ser generoso a la hora de recompensar a quienes trabajan a su lado. Como se puede comprobar, Páez colecciona contrastes, pero lo que más gusta de él, lo que hace que le perdonen sus supuestos ´pecados´ es su capacidad resolutiva. No es amigo de dar vueltas a las cosas y, gracias a sus contactos, es capaz de resolver problemas con una prestancia asombrosa.
Páez, hijo de un comisario de Policía, estudió en los Maristas y posteriormente se licenció en la facultad de Derecho de la UGR. Tras ejercer de abogado durante unos pocos años en Cataluña, en 1970 volvió a Granada por cuestiones familiares. Puede presumir de ser uno de los fundadores del Club Larra, un referente granadino de la transición para los intelectuales de la época con inquietudes culturales y políticas. Allí empezó a hacerse un nombre en la sociedad granadina.
En 1985 la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Granada le eligieron para gestionar Sierra Nevada. Su buen hacer –campeonato del mundo incluido–le llevó posteriormente a otros cargos de responsabilidad, como el Consejo Social de la Universidad de Granada, y a su actual dedicación, aparte de la abogacía: la dirección de la fundación Legado Andalusí. Pocos dudan de que, como ocurrió en el pasado, resolverá este nuevo reto con solvencia.