LUIS ARRONTE.
Siempre diligente, atento y gracioso, el bigote de Francisco Ruiz (Paco) sube y baja las pequeñas escaleras del restaurante asegurándose de que docenas de comensales, por encima de todo, se lo están pasando bien. Es el mismo Paco que, mucho más joven, escuchaba años atrás a la abuela diciendo: “Venga, vamos a sentarnos al braserito”. El Patio Braserito de la calle Rosario esconde tras sus cortinas la historia de un albaicinero emprendedor que junto con su esposa Ana están de vuelta de todo, de vuelta hasta de Barcelona. Puede resultar un local relativamente reciente para los que lo frecuentan desde su apertura en 2003, pero ya existía desde diez años antes en el Campo del Príncipe.
Por sus mesas han pasado cantantes (una Massiel malhumorada, una Rosa ‘OT’ encantadora), políticos (de los municipales, todos), toreros (El Fandi), diseñadores (Vitorio & Luchino verbigracia), actores y actrices... Hasta sus majestades los Reyes Magos de Oriente, si no se lo creen pueden verlo en la web del restaurante –Paco es de ésos que se hacen foto con los visitantes–. Eso sí, en la galería de imágenes tienen mayor presencia los clientes-amigos de toda la vida, que son más importantes. Y las de su viaje a Egipto. Hagan la cuenta: quince años de Braserito en Granada, y la historia hay que retomarla mucho antes aún. La primera generación de esta dinastía culinaria arranca en Badalona, con Bodegas Ruiz. Allí se fue Paco desde Granada con su familia a los 14 años, obligados por la huelga de la construcción, y allí heredó la tradición hostelera.
El menú costaba entonces 75 pesetas, y allí nacieron los primeos huevos fritos que hoy le han hecho tan famoso por toda la ciudad; o más bien a Ana, su mujer, que es la que cocina de lujo. También trabajó en Le Grand Duval, en Barcelona, un café tertulia hoy desaparecido en el que le sirvió la taza a Salvador Dalí o a Xavier Cugat, por mencionar un par de clientes. No volvió a su tierra hasta los 37 años, aunque en su corazón siempre supo que tenía que volver. Así, en 1993 le devolvió Granada a su esposa y a sus hijos, de los cuales Santi y Fran ya pertenecen a la tercera generación de la saga hostelera.
Además de su familia (siempre, siempre, siempre habla de ellos, los adora) y la restauración, Paco tiene dos pasiones irrenunciables: el Barça, equipo de sus amores, por un lado. Aún se le eriza el pelo cuando se le recuerda el partido contra el Arsenal que Eto’o y Veleti ganaron en los últimos minutos, temporada 2005-2006 (batió records de alegría con sus saltos). Pero por otro lado sería capaz de perderse una final culé de la Champions por la Semana Santa, una tradición a la que dedica todos sus sentidos cada año, siendo devoto confeso de El Huerto de los Olivos. Desde el primer día que volvió para vivir en el Realejo se comprometió con su barrio.
Fue presidente de la Asociación de Vecinos hasta 2004, y sus gestiones influyeron mucho para que por sus calles circulara el microbús que ahora es habitual, así como para tener el centro de salud del que ahora pueden presumir los realejeños. Su marcha de la dirección tuvo un trasfondo de polémica por una división interna de la asociación, pero duerme con la conciencia muy tranquila y sigue amando su barrio. Superó un cáncer, y eso le hace un héroe. Sigue siendo un padrazo y ahora mismo babea por las esquinas por una niña pequeña que tiene en casa, de acogida. Sus amigos son tesoros para él, como por ejemplo Vicente Aguilera, compañero de infancia al que llega a llamar ‘mi hermano Vicente’.
Su cotidianeidad le lleva a pasar todas las mañanas a tomarse un café en el bar de su amigo Paco Cordones (capataz del Cristo de los Favores), antes de entrar a trabajar en calle Rosario. No se puede negar que está en su momento, que el Braserito va viento en popa; reservar mesa para sus menús de cuaresma es muy difícil. Pero ante todo, el éxito de este establecimiento y sus propietarios reside en la demostración fehaciente de que las cosas, cuando se hacen con cariño, con todo el cariño del mundo, salen bien.