El regreso de Ayala a Granada (I)

Texto de la presentación del libro ´Retratos granadinos´ de Francisco Ayala, realizada en 1988 por el entonces alcalde de la capital en la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Granada

 
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ANTONIO JARA ANDREU Quizá debiera comenzar mi intervención con una confesión sorprendente para ustedes, pero necesaria para mí. Yo no debí nunca acceder a la sugerencia de quienes me propusieron presentar esta tarde a don Francisco Ayala. A estas alturas de una vida y de una obra como la suya, aceptar el papel de "presentador" es un gesto que, o bien implica el autoengaño de ejercer un papel reconocido "a priori" por todos como innecesario y vano, o bien descansa en la estúpida pretensión de aportar alguna novedad en el ámbito del análisis de una obra polimorfa y compleja, o de enriquecer con datos nuevos la documentación biográfica del "presentado".

Puesto que presentar a Ayala es, afortunadamente, innecesario, y supuesto que un servidor no tiene pretensiones estúpidas, yo –repito– no debí aceptar esta invitación. Y mucho menos reincidiendo. Ya incurrí en osadía el año pasado. En el mes de junio, concretamente, al hacerle entrega de la Medalla de Oro de la Ciudad, en cumplimiento del correspondiente y unánime acuerdo del pleno del Ayuntamiento, hablé de él en público. Decididamente, pues, no tengo ni más coartada ni otra justificación que mi redoblada osadía y –por qué no confesarlo ante ustedes– mi sincero deseo de estar aquí esta tarde asistiendo, acompañando, disfrutando, una nueva comparecencia de Ayala en Granada. Sencillamente, quería estar aquí con este hombre, para lo cual no me importó asentir a la propuesta que me hicieron los organizadores, con las reservas y con la intención que ustedes podrán apreciar inmediatamente.

Ayala es un pensador que, leal a la implacable ley del exilio, vive en el relomo. Cuando Ayala supo que a la joven Julieta le había gustado el jardín de Cájar, dejó caer, casi imperceptiblemente, su creencia íntima en el retorno, quizá más deseado y sentido que posible:

"... la coincidencia en el gusto de mi nieta con el paraje de mi antigua felicidad desde tan distantes extremos de la vida se me aparecía envuelta en una intuición del eterno retorno...". (Pregón de las Fiestas del Corpus Christie de Granada, Ayuntamiento de Granada, 1987).

El eterno retomo de los "dulces recuerdos". Hoy por hoy, la presencia de Ayala en Granada, queridos amigos, tiene mucho de reposición vital. Nuestro querido y llorado don Emilio Orozco supo detectar como nadie, entre otros muchos hallazgos sólo accesibles a una mente sobria, rigurosa y fina, la presencia oculta de Granada en la obra de Francisco de Ayala. (Orozco Díaz, E. ´El Jardín de las Delicias´ de Ayala. Universidad de Granada, 1985). El mismo se extendió sobre los pormenores de esa presencia en su discurso-pregón del pasado año, en el Salón Capitular del Ayuntamiento de Granada. Y ahí están, sobre todo, su San Juan de Dios y su primer tomo de Recuerdos y olvidos, que pueden consagrar esa simbiosis entre el hombre y "el paisaje materno, base primaria de la formación culturar", según nuestro académico. Lo había dicho ya en 1984:

"Que la realidad del ser humano es para mí, dentro de sus líneas cardinales, una realidad dinámica, apenas habrá que decirlo. Nacemos dentro de un cuadro histórico, vivimos en la Historia y cada uno de nosotros hace la historia a su manera, y a su manera la padece". (´Los ojos del entendimiento´, en la Retórica del periodismo y otras retóricas, en Espasa Calpe, 1984).

El retorno de Ayala a Granada tiene, ciertamente, una legitimidad inapelable. Pero yo he suscitado aquí el tema porque quizá debiéramos sentir la responsabilidad de dar contenidos vitales al retorno. Cuando no hace mucho tiempo, me acerqué al Jardín de las Malicias confieso haber percibido una dosis de melancolía rayana en la ruptura con el pasado que, no sé si por torpeza, no había apreciado antes. Allí pude captar, con tristeza sentida –compartida quizá–, la incómoda da sensación de haber permitido ingratamente que se "desvanezca el pasado. Allí he podido leerte, querido Ayala, al hablar del pasado, que...

"Si se esfuerza uno por atraparlo de nuevo y recuperarlo, comprobará con desolación que todos los testimonios se han perdido sin dejar huella".

Dura y dramática constatación. Pero yo tenía para mí aquella otra secuencia que, en ´Fragancia de jazmines´, hacía brotar del desgarramiento afectivo "no tristes recuerdos del placer perdido, sino una memoria melancólicamente dulce de aquellos días tan felices".

Por eso hoy quisiera enmarcar en vida este retomo de Francisco Ayala. Y quisiera, sinceramente, que ese marco de vida estuviese preñado de "dulces recuerdos". No estoy seguro de esa posibilidad, pero has sido tú mismo quien ha dejado dicho que "la realidad misma es siempre ambigua y amorfa, requiere ser construida en la imaginación, y si se traía de imaginación estética, ésta tiene el poder privilegiado de imponer su versión con superior criterio". (´La Némesis del poder´, El País, 12/3/88).

Y quiero también ahora, hecho el encuadre, que el hombre diga lo más conveniente a su propia presentación. Confío que no se me atribuya ni descortesía ni incumplimiento de promesa, pero quienes desdeñamos "las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna", estamos condenados a distinguir las voces de los ecos, a reconocer "a las personas por su voz, y al escritor por su voz a través de los artificios de la prosa". También lo ha dicho él. (Entrevista con Arturo Ramoneda, Diario 16, 4/(5/88).

Veo en Francisco Ayala un rico y denso polimorfismo, impuesto por esa necesidad incontrolable de aprehender el mundo, sentirlo todo y explicarlo. Ayala ha sido incapaz de disciplinar su apetito intelectual.

"Creo que esas tres (palabras) vivir para ver, podrían muy bien ser la cifra clave, el lema de mi existencia. He vivido, en efecto, para sorber el mundo por los ojos; y lo que con avidez he mirado y visto a lo largo de esta dilatada vida mía fue siempre objeto de mi admiración –una admiración llena a veces de maravillado encanto, a veces de consternación asombrada, y en muchas ocasiones agitada en la inconciliable mezcla de ambos estadas de ánimo. Con frecuencia –y tal es la raíz de mi continua dedicación a la literatura– la excitación causada en mí por el espectáculo del mundo me ha movido a expresar por escrito mis reacciones en el intento, quizá fútil, de explicarme y de explicar a los demás lo que veía, o –según titulé uno de mis primeros libros discursivos– de dar razón del mundo. (Los ojos del entendimiento, Austral, 1984. En la Retórica del periodismo y otras retóricas, Espasa Calpe, 1984).

Pero también está presente el compromiso. "Para mí –ha dicho– en el fondo, toda la literatura, si es auténtica, es comprometida". (Entrevista con Arturo Ramoneda, Diario 16, 4/6/88). En Ayala no hay pensar neutro, sublimación encubridora, o formalismo vacuo. Avala es "Alguien que asomado al espectáculo del acontecer histórico –dramático siempre, ya veces insufriblemente trágico– del acontecer histórico, no se ha limitado a vivir y padecer sus alternativas, sino que ha procurado entender la significación y alcance de lo experimentado, formulando por escrito sus interpretaciones". (Mi yo catedrático, en La Retórica del periodismo y otras retóricas, Espasa Calpe, 1984). Y algo más: la preocupación por el hombre "Cualquiera que examine con alguna atención mi obra (sabe) que toda ella desde acaso un cuento humorístico de pocas líneas hasta, si se quiere un denso y voluminoso Tratado de sociología, responde a la misma preocupación por averiguar la naturaleza humana y desenredar la complicada trama de las relaciones entre los hombres". (Los ojos del entendimiento, Austral, en La Retórica del periodismo v otras retóricas, Espasa Calpe, 1984).

[Antonio Jara Andreu, ex alcalde de Granada]

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