FERNANDO VALVERDE
Faltaban sólo unos días para que cumpliera cien años. Fue entonces cuando tuve la inmensa fortuna de conocerlo. Al regresar a Granada, Luis García Montero y Javier Rioyo le tenían preparada una sorpresa. Después de una cena a la que también asistió Román Orozco, que mostró una vez más conmigo su generosidad y complicidad, me invitaron a acompañarlos a la mañana siguiente. La casa del Albaicín en la que vivió don Francisco durante parte de su infancia es hoy un convento y se encontraba intacta. Apenas nada había cambiado.
Francisco Ayala entró en ella como quien invade un siglo. Emocionado por el descubrimiento, fue siguiendo cada una de las estancias. “Ésta era la habitación de mis padres”, dijo al ver el techo de madera. Los ojos, que no envejecen, se le fueron llenando de recuerdos hasta derramar alguna lágrima. Fue frente a un viejo palomar.
“Cuando era niño subía allí a dar de comer a la palomas con mi madre. Recuerdo mucho a mi madre, ha sido la persona más importante de mi vida”, nos dijo con una emoción que sólo se había repetido en Damasco, cuando desde uno de los tejados de la ciudad vio una bandada de palomas que se dirigían hacia la Mezquita de los Omeyas. Desde aquel día inolvidable, por el que circularon muchas más anécdotas, he pensado mucho en Francisco Ayala. He admirado su fortaleza, su humor afilado, sus libros inmortales.
Hace dos años, paseando por las callejuelas de Damasco, no podía dejar de buscar sus palomas, que se cuelan por los agujeros de la techumbre del zoco en una explosión de color única. Aquellas palomas serán para mí siempre el recuerdo del amor de un hombre de cien años por quien le dio la vida, de los lazos que el cariño es capaz de tejer con el pasado y hacerlos indestructibles.
El martes, al conocer que se había apagado Francisco Ayala, lo imaginé convertido en una paloma, volviendo a un palomar en Buenos Aires, en Damasco o en una viaja casa de Granada, hoy convertida en un convento, a la que se mudó su familia porque el joven Francisco se había visto afectado por unas extrañas fiebres sin diagnóstico. “Eso se cura con la altura”, le dijo a su padre un famoso médico de la época. Francisco Ayala se lo tomó muy en serio, aprendió a amar los pájaros y quiso ser un hombre libre, y de paso, hacernos a todos un poco más libres, un poco más sensatos.