ANTONIO BARROS MANZANO
Aún está fresco en mis recuerdos, en realidad ha llegado a convertirse en parte fundamental de lo que actualmente sigue siendo mi manera de pensar y por supuesto de actuar; posiblemente todo ello me hace observar lo aberrante de ahora con un poco más de ‘naturalidad’ pero si cabe con más asco que al principio que como casi todo comienza en la niñez, en la mía como en la de tantos, y paso a explicarme a quien pueda interesar.
Mi padre, al que nada reprocho a sus más de ochenta años, entre otras cosas porque siempre fue un hombre sin escuela, prácticamente sin casa, sin infancia intentando sobrevivir en un mundo extremo de postguerra de ricos y de pobres miserables con mucha hambre, al que mis hermanos y yo enseñamos a leer y escribir lo preciso cuando tuvimos la oportunidad que él no tuvo; atesoraba por los años sesenta del siglo de las pesetas, ciertas amistades que probablemente por su carisma, picardía, gracejo, o el peculiar oficio que acababa de emprender, quien puede saberlo realmente, le abrieron de par en par puertas que a otros les resultaban infranqueables abrir, o soñar entrar a través: Generales, coroneles, capitanes de la Guardia Civil (de la de entonces, ya saben), jefes de Policia Nacional y Local, Jefes de Tráfico y un largo etcétera de personajes de la ‘jet set’ granadina de ilustres y largos apellidos; catedráticos de la Universidad que entonces eran semidioses y el conjunto de satélites que siempre pululaban alrededor de todos estos, para recoger migajas que no lo duden, siempre caían en mayor o menor grado, pero que eran recogidas y engullidas con tragaderas de cabra montesa.
Para cualquiera de estos ilustres, un alzamiento de auricular de teléfono, una carta manuscrita, o decir vengo de parte de...era suficiente para que como en el mejor de los cuentos infantiles todo pudiera hacerse realidad. Entonces no había partidos políticos, lo más parecido era la Falange que mandaba don Sebastián, otro de los innumerables amiguetes: estábamos como todos saben en la Dictadura del Generalísimo por la gracia de Dios (que vaya gracia). Jamás aproveché ninguno de los posibles favoritismos que pude obtener, mi padre siempre me lo reprobó, lo entiendo; yo vivía con la esperanza de que pronto los partidos en la clandestinidad que a partir del año 1975 tras la muerte del dictador fueron saliendo a la luz pública y la legalización del Partido Comunista, trajeran la igualdad y la justicia que cualquier ser humano merece por sus méritos y no por sus padrinos.
Han pasado más de treinta años de supuesta democracia, continúo actuando de la misma manera que entonces, pero el asco y la indignación me invaden con más fuerza que cuando era niño. Partidos políticos, sindicatos obreros, ostentan el mismo poder que tuvieron los de entonces, pero estos lo hacen a través de un carné, de una cantidad de dinero o por comprar los votos necesarios para seguir en su lucha de poder, todo ello en nombre de la “democracia” igual que antes se hacia por sus cojones, ¿ dónde está la diferencia? ¿y por qué seguimos callados como entonces? Enchufar a tu prójimo es alimentar la desigualdad y la injusticia mas atroz, ¿no sienten vergüenza de llamarse demócratas?