PASCUAL RIVAS CARRERA
El sistema de prueba-error se admite como el método más frecuente en el trabajo científico experimental. El paso de las ciencias naturales enciclopédicas a las modernas se produjo fundamentalmente por el "ve y observa".
El método científico ha descansado durante mucho tiempo en un empirismo inocente o simplista, que explica la aparición de hipótesis cada vez más complejas por el acumulo de observaciones, de forma que el coleccionista con más ejemplares estaría en mejor disposición de hacer nuevos descubrimientos. La ciencia avanzaba lentamente pues a los maestros les disgustaban las hipótesis arriesgadas, filosofías las llamaban, camino erróneo y síntoma de vagancia, frente a lo fáctico del experimento o el muestreo. Lo cierto es que por ese método empírico lo único que se consigue es tener más ejemplares y la oportunidad, infrecuente, aunque mayor en los fósiles, de que alguno conserve características únicas que permitan interpretar estructuras o formas de vida, como podría ser el caso de las excepcionales conservaciones que han permitido saber que hay grupos de dinosaurios (tipo Velociraptor) que tenían plumas, por lo que estas estructuras, antes que adaptaciones al vuelo, lo fueron a la conservación de la temperatura o al coqueteo amoroso, en la cada vez más fría época cretácica.
La ciencia avanza por el enunciado de nuevas hipótesis, cuanto más arriesgadas mejor, y su posterior verificación. No hay correlación entre la complejidad de la hipótesis y la de los métodos de verificación, pero en algunos casos de las ciencias experimentales, y en la mayoría de las naturales, incluida la medicina, el desarrollo del experimento, y el éxito o fracaso de la hipótesis, consumen un tiempo dilatado.
Esto es especialmente importante en medio ambiente en especial en temas relacionados con la recuperación de ecosistemas, reintroducción de especies, eliminación de especies extrañas, etc., etc. Como muestra bastan algunos ejemplos de nuestro país. En el siglo pasado, e incluso antes, pareció que la solución económica de España pasaba por el desarrollo agrícola y por ello por la creación de regadíos y la regeneración de masas arbóreas, por sus efectos beneficiosos para el clima y los suelos. La repoblación con pino y eucalipto se ofrecían como la mejor solución pues además de sus efectos sobre el ambiente, eran árboles de crecimiento rápido que, en unos cincuenta años como máximo, se podían talar y recoger beneficios, como mínimo en la industria del papel. Las bondades ecológicas eran además, y sobre todo, productivas. Los problemas aparecidos como consecuencia de las repoblaciones, fuegos, degradación de suelos, etc., no se previeron entonces, aunque se conocían, en gran parte porque los experimentos negativos anteriores no se habían difundido, por falta de tiempo y por la mera y natural tendencia a publicar sólo los resultados positivos. Aparte de algunas masas arbóreas de éxito evidente, hay otras muchas de la época que, después de cincuenta años sus individuos, son poso más que bonsáis, pero han destruido los pastos y los suelos, y en el caso de los pinos, si se quieren evitar los incendios, hay que invertir en la conservación en épocas en las que el valor de la madera está en mínimos. Lo mismo se podría decir de pantanos prácticamente colmatados de sedimentos o de otros construidos en terrenos permeables, o en zonas muy áridas, que no han embalsado desde su inauguración y esperan trasvases cada vez más difíciles con las nuevas ideas conservacionistas.
Como si se tratase de un acuerdo previo varios investigadores han publicado en revistas de Ecología y Medicina, de las que se hizo eco Nature en primavera, el interés de publicar los fallos y fracasos en los proyectos de conservación. Hay dos hechos contrapuestos que llevan a no hacerlo: por un lado que resulta duro publicar los resultados negativos, los fracasos y, por otro que, para evitar llegar a ese punto la mayor parte de las publicaciones son meras propuestas teóricas, no contrastadas con la realidad, por miedo a que esta ponga de manifiesto que el proceso no funciona a pesar de su excelente planteamiento. Las naturaleza tiene tantos condicionantes que no siempre se acierta con el que es clave para el éxito.
Las propuestas son coincidentes, crear apartados específicos, "revisiones y sorpresas" proponen que se llamen, en las revistas científicas en las que se puedan publicar los fracasos, sean o no conocidas sus causas. Lo que puede ser un fallo para uno puede ser el éxito de otro. Es probable y deseable que estos intentos relacionen más a los investigadores académicos con los técnicos de conservación que tienden a pensar la poca utilidad de los resultados de la investigación.
Como sentarse a charlas del tiempo con los viejos del lugar, se apacigua el espíritu y se aprende mucho.