INMACULADA LÓPEZ CALAHORRO
"¡Qué vueltas tiene la vida, a veces, tan extrañas!" Así concluía el personaje de ´Muertes de perro´, conduciéndonos a otro texto del autor que nos dice: "¿Quién podría adivinar qué se oculta tras los pliegues y repliegues de la vida?" Y con esta frase comienza el capítulo dedicado a Carolyn Richmond en ´Recuerdos y olvidos´, donde el azar jugó un papel fundamental para conocerse. Y de ahí, una vida juntos. A partir de este concepto que enfrenta al ser humano a un destino que de pronto irrumpe en su vida, Francisco Ayala nos planteará más de una reflexión y más de un relato, introduciéndonos en esos caminos que ocurren sin querer y ante cuyas consecuencias sus personajes responderán en función de la fortaleza espiritual de cada uno, como nos dice a propósito de los contenidos en los relatos de La cabeza del cordero.
Desde esta percepción azarosa es como veo las contadas y espontáneas presencias de Francisco Ayala en mi vida, confirmándome, además, lo que expresaba su personaje: que la vida tiene vueltas y, muchas de ellas, muy extrañas. A través de tres momentos grabados en mi memoria, entré azarosamente también en su literatura y me sorprendió su absoluta serenidad, la que me transmitía y que contrastaba con la temática especialmente dura de gran parte de ella.
De la mano de sus palabras tuve que entender por qué se sintió obligado a cambiar la ilusión de las vanguardias, con sus Circes y sus Medusas y sus juegos de palabras, por el tono severo de sus relatos posteriores a la guerra civil. Ese cisma de su literatura que evidenció especialmente en el prólogo de ´La cabeza del cordero´ me conmocionó, porque, ¿cómo no iba a hacerlo al dejar por escrito que "aquella sensual alegría que jugaba con imágenes, con metáforas, con palabras, y se complacía en su propio asombro del mundo [?] se agostó de repente; se ensombreció aquella que pensábamos aurora con la gravedad hosca de acontecimientos que comenzaban a barruntarse, y yo por mí, me reduje a silencio?" Aunque quizá no debería sorprenderme, porque Ayala sabía que ese "sondar el fondo de lo humano" que le había tocado vivir por azar a su generación, que hasta entonces creía comerse el mundo con sus imágenes, sus ocurrencias y sus bromas, ese "contemplar los abismos de lo inhumano" le hicieron bajar a los infiernos para volver de él con ánimo sereno. Los dos prólogos de estos dos conjuntos de relatos que son ´Los usurpadores´ y ´La cabeza del cordero´ deben ser cita obligada en nuestras lecturas, para entender el fondo del compromiso de Ayala con el individuo.
Pero también he conocido el tono desenfadado y la risa de la mano de su literatura, no ya sólo la ironía. Me ocurrió al leer el relato ´Un pez´, y recuerdo cómo mi hija, que estaba a mi lado leyendo su libro, no dejaba de preguntarme asombrada por qué me reía tan efusivamente.
Hablando de azares, imaginemos que un domingo que estamos tranquilos en casa de pronto nos preguntan: "¿no quieres un pez?". Y, como dice el protagonista del relato, es que a cualquiera de nosotros le puede pasar una cosa así, pues "las cosas ocurren porque sí. Cuando menos se piensa. Y nunca se sabe." Y a partir de ahí imaginemos qué haríamos si nos dejaran un pez enorme en la puerta de nuestra casa. Y no hablemos de otro relato como ´Violación en California´.
Ahora bien, lo que más me ha conmovido de su literatura han sido sus dulces toques poéticos, que de pronto surgen ofreciéndonos ese otro Ayala menos conocido. Invito una vez más a leer de ´El jardín de las delicias´ piezas como ´El ángel de Bernini, mi ángel´, ´Otro pájaro azul´, o ´Mientras tú duermes´, por poner unos ejemplos.
Todo lo que hoy escribo en estas líneas es una invitación a la lectura de la obra de Francisco Ayala, sin detenerme en su totalidad. No debemos olvidar que Borges comparó uno de sus relatos, ´El hechizado´, con la obra de Kafka. Si abrimos un libro suyo, veremos cómo de su mano pasearemos por la diversidad humana y por el ancho espacio geográfico y temporal, como cuando nos lleva a las ruinas de Pompeya o al templo de Segesta en Sicilia. Con sus ojos siempre observadores encontraremos que no hay diferencias entre el pasado y el presente, que todo converge en diálogo, pero que toda vida "huye y se nos escapa".
Ahora, en esta tarde en que ya no está con nosotros y que parece que nos trae el otoño, quiero cerrar mis palabras con un fragmento de ´El ángel de Bernini, mi ángel´. En esta pieza él le decía a ella que un día la llevaría a Roma y que juntos contemplarían el ángel de Bernini. Y ella le contestó "que sí, que sí: pero sabía ya acaso, con ese saber suyo y melancólico, que este deseo no habría de cumplirse? También la mirada de sus ojos mortales parecía hecha a ver pasar las aguas del eterno Tíber".
Mortales también los ojos de Ayala, pero eternos observadores que para siempre nos contemplarán desde su literatura.