La inmortalidad

El tiempo detenido nos ha permitido conservar las ilusiones intactas, no cambiar, ser fieles a un sentimiento y a unas ideas. Ahora parece que el reloj empieza otra vez a andar

 
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FERNANDO VALVERDE
POETA
En 1992, mientras España conservaba todavía la resaca de los Juegos Olímpicos de Barcelona, yo trataba de hacer novillos y de no asistir a mis clases en el colegio. Por aquel entonces, era un lector más que habitual de los diarios deportivos y todo un fanático del fútbol. El motivo de mis ausencias a las estrictas aulas en las que se rezaba y se copiaba una y otra vez una frase como castigo para la redención de los indisciplinados, eran los entrenamientos del Granada CF. A mí me encantaba pasarme por el Viejo Los Cármenes un miércoles por la mañana y disfrutar del olor a césped y de los disparos a puerta. Además, mi condición de niño solitario me otorgaba ciertos beneficios, como llegar hasta el interior del vestuario o ver la colección de trofeos que entonces había en un sótano bajo la tribuna.
En aquellos días entablé cierta amistad con mis dos ídolos futbolísticos de la época: Lucas Cazorla y Ángel. Cuando comenzó la temporada 92-93, que guardo en mi memoria como un leopardo escondido tras los arbustos, eran pocas las expectativas que generaba aquel equipo. En cambio, conforme fueron pasando las jornadas se produjeron algunas gestas inolvidables. Es posible que los recuerdos me traicionen, pero aquellos meses son un reflejo bastante exacto de mi imaginario personal en todo lo relacionado con el Granada.

En las primeras jornadas, Lucas carecía de gol y era muy cuestionado. Llegó como el gran valedor de las aspiraciones del equipo pero se había desinflado. Sin embargo, fue el autor de un gol que no recuerdo, aunque estaba allí. En realidad lo que se ha perdido en mis recuerdos fue la jugada. Lucas debió saltar al campo, como era ya costumbre, en los últimos minutos de un partido trabado. Aquel día nos visitaba en el Viejo Los Cármenes el Jerez, que era el líder de la categoría y un rival intratable. En el tiempo de descuento, uno de aquellos dos "peludos" a los que yo admiraba marcó con la cabeza un gol inolvidable. No recuerdo cómo sucedió todo, pero no podré olvidar nunca la imagen de Lucas corriendo como un loco por el césped sin saber a dónde dirigirse, con lágrimas en los ojos de rabia y de emoción.

Aquella imagen que consiguió emocionar a los seguidores del Granada convirtió a Lucas en un símbolo y el público pedía partido tras partido que saltara al campo, soñando con otro gol mágico capaz de cambiar el rumbo del futuro. Las gradas del estadio se fueron llenando de gente hasta aquel partido frente a Las Palmas. Recuerdo aquella tarde como si fuera un milagro en medio del cúmulo de decepciones que suponía apoyar a un equipo que sólo había visto en Segunda B. El estadio se llenó, hay quienes dicen que por encima de su capacidad, y el ambiente en aquellas dos horas lluviosas fue algo que me unió definitivamente al fútbol, si es que cabía una unión más profunda que la provocada por la complicidad con la persona a la que más quiero, que me llevaba de la mano a ver aquellos pequeños milagros y que hacía inmortal todo lo que tocaba. Inmortal es el recuerdo de aquel estadio mítico lleno, aunque el resultado fuera un cero a cero. Conforme pasaban los minutos pensaba que si el Granada marcaba un gol el campo iba a venirse abajo. Fue un partido con poca historia. Salvo el lleno, que devolvió al Granada a la lista de los grandes clubes de España en aquel año pese a la categoría en la que se encontraba, no dio para mucho más. No hay ocasiones o grandes jugadas que conservar en la memoria. Tal vez si Lucas hubiera metido la cabeza en el minuto justo aquel día, si el gran Ángel hubiera logrado un centro que cambiara la suerte y la memoria… tal vez podría haberse liberado el tiempo detenido. "La copa de cristal / que pusiste al revés sobre la mesa / guarda un tiempo de oro detenido", escribió mi amigo Luis García Montero en uno de sus mejores poemas, titulado La inmortalidad. Son inmortales aquellos días y no son de bronce, son de oro. Cada vez que hemos acariciado el fango he dado la vuelta a aquella copa y he brindado por la ilusión y los sueños. El tiempo detenido nos ha permitido conservar las ilusiones intactas, no cambiar, ser fieles a un sentimiento y a unas ideas. Ahora parece que el reloj empieza otra vez a andar. Hay miles de personas en las gradas de Los Cármenes, alguien cuelga un balón imposible y un cabezazo lo manda al fondo de la red para que acaricie el futuro. ¡Gol de Lucas!.

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