MARÍA DEL MAR VILLAFRANCA JIMÉNEZ*
Si hoy preguntáramos a cualquier estudiante quien es Geoffrey Crayon muy pocos serían los que identificaran este nombre con el mundialmente conocido autor de los ´Cuentos de la Alhambra´, Washington Irving. Jonathan Oldstyle o Diedrich Knickerbocker o Fray Antonio de Agapida fueron otros seudónimos empleados por el escritor neoyorkino en algunas de sus obras siguiendo una costumbre muy extendida en la historia de la literatura decimonónica.
El próximo 28 de noviembre se cumplirán 150 años de su muerte en Sunnyside, la casa a orillas del río Hudson donde se retiraba a escribir siempre que sus viajes y obligaciones literarias se lo permitieron. Coincidiendo con esta efeméride el Patronato de la Alhambra y el Generalife, con la colaboración de otras instituciones públicas y privadas, ha preparado un amplio programa de actividades de las cuales la exposición ´Washington Irving y la Alhambra´ (1859- 2009) constituye el mayor esfuerzo realizado hasta la fecha para reunir cartas, diarios, dibujos, primeras ediciones, pinturas, fotografías, objetos personales y otros elementos museográficos que pretenden reflejar tanto el perfil humano y literario del escritor, su condición de viajero romántico, su relación con España, Andalucía, Granada y la Alhambra así como la vigencia de su obra en el mundo contemporáneo a través del cine y el audiovisual.
Encontramos a un escritor de inquietudes artísticas en su juventud, interesado por las fuentes etnográficas y los tipos populares, amante del teatro y de la ópera, investigador en archivos históricos y bibliotecas especializadas y, sobre todo, fascinado por Granada y la Alhambra. Será precisamente en el palacio nazarí donde pueda hacer realidad uno de sus más anhelados deseos, vivir en el mismo lugar en el que habitaron tanto Boabdil como los Reyes Católicos.
La Alhambra que Irving visita en 1829 era una propiedad periférica de la monarquía española, que a excepción del sector de los palacios nazaríes, estaba abandonada a su suerte por unos gobernadores en los que la conciencia social del patrimonio aún no había arraigado. Degradada y destruida en gran parte tras la invasión francesa, su imagen ofrecía una amarga realidad por mucho que en la estética del romanticismo alcanzara la categoría de exótica ruina. El paisanaje que la habitaba tampoco contribuía a su dignificación: miembros del cuerpo de inválidos, familias humildes que habían ocupado torres y espacios del recinto a los que el escritor bautizó con el apelativo de "hijos de la Alhambra".
La gran popularidad que alcanzaron los cuentos de Irving fue también la mejor campaña de difusión del monumento nazarí al que otorgó la cualidad de escenario prodigioso. Gracias a él y a otros muchos que llegaron tras él, la Alhambra es hoy uno de los monumentos más conocidos y visitados del mundo. Ahora hemos pretendido devolverle el recuerdo a un hombre que convirtió el conocimiento de la Alhambra en una experiencia de vida que supo transformar, con gran eficacia, en un imaginario orientalizante al que el monumento permanecerá vinculado desde entonces dotándolo de riqueza y diversidad.
[*] Directora del Patronato de la Alhambra y el Generalife