ELADIO MATEOS MIERA
Estoy hasta las tetas de Madrid 2016, espíritu olímpico y corazonadas. Vaya semanita cargante que acabamos de pasar, menudo río de babas y autocomplacencia patética en la derrota que nos endilgaron las televisiones con el concurso olímpico y su retórica trasnochada. Y ojo, que no interprete nadie que me alegro de no haber ganado o tengo cualquier inquina contra la capital del Reino: seguro que Madrid lo hubiera hecho de forma excelente. Anda que no siento yo nada la posibilidad de tener ahí al lado la final olímpica de lucha grecorromana, para la que ya estaba pensando sacar entradas. Claro que Madrid lo hubiera hecho bien, tanto como Tokio, y sin duda mejor que Chicago, que bastante el ridículo ofrecieron al universo los norteamericanos en Atlanta en 1996. Pero sin duda tan bien como lo hará Río de Janeiro, por muchas llamadas a descalificar y explicaciones rocambolescas que ahora pregonen los millones de expertos olímpicos que como champiñones aparecen bajo las piedras del orgullo herido y la expectación defraudada. Porque el problema de Madrid ha sido, como nos ha pasado a nosotros con el Milenario, las expectativas defraudadas, a las que no queda más ya que el clásico estrambote cervantino: "caló el chapeo, requirió la espada,/miró al soslayo, fuese, y no hubo nada".
Porque el triunfo de Río no es sólo un fracaso para Madrid o España, es el tropezón de Occidente y la metáfora del mundo que viene. No es muy seguro que la vieja y podrida Europa o el decadente imperio norteamericano puedan seguir gobernando el mundo por mucho tiempo más, porque el futuro se llama Brasil, India o China, más adelante Latinoamérica y más allá en el tiempo África, cuando el continente despierte. La mayoría no lo veremos, pero tal vez el más joven de los lectores del periódico de hoy llegará a tiempo de contemplar el colapso definitivo del viejo orden y de los rancios privilegios que los que vivimos en el mejor de los mundos posibles nos resistimos a perder. Todavía ha habido estos días quien ha dicho que se le han dado la Olimpiadas a Brasil, como si fuera una concesión graciosa, la limosna de los poderosos de siempre a un niño pobre. No quieren ver que se trata del cumplimiento de una exigencia inaplazable que está basculando el reloj del mundo hacia horizontes que, por mucho que nos duela, nos están dejando de pertenecer.