JUAN JOSÉ PORTO
Entre mis ´pasiones confesables´ –que diría Wilde–, como acaso el amable lector tenga noticia, ´figuran´ una irresistible pasión por la palabra –que, como la soledad nunca es infiel–, la imagen –el cine, en esencia– y el futbol. Fui un ´hincha´ entregado y, a veces furibundo, desde que tuve uso de razón. Y así me confieso.
Mi equipo era, por vivencias, raíces y amores, el Granada CF, y por la irracionalidad maravillosa del instinto que propone el redondo dios de cuero, el Atlético de Madrid. De niño, muy niño y de la mano de mi buen padre, asistí, viví lo que se dio en llamar "el segundo ascenso a Primera División". Recuerdo perfectamente que en el primer partido de Liga, en el viejo y entrañable Estadio de Los Carmenes debutábamos frente a un potentísimo Real Murcia considerado como absoluto favorito para la Liga. Los de del Segura cobraron ventaja de dos goles y además el árbitro "perverso" con el silbato y el dedo sancionador indicó el punto que podría suponer en definitiva la tragedia: el punto de penalty. Pero la inspiración del cancerbero, Candí, conjuró a todos los demonios y pareció dotar de alas de ángeles peloteros, finura de querubines deportivos y autoridad de potestades futbolísticas a las once rojiblancos. Ganaron los nuestros 4-2 e iniciaron un prematuro sprint que llevó a Marca a titular en primera página: "A siete metros de la salida, se desboca un equipo: el Granada...".
Luego, a trancas y barrancas, con algún escándalo semifinal por medio, se logró la meta. Cándido Gómez Álvarez después, como presidente, años mas tarde –uno ya paseaba sus curros por Madrid– alcanzó la edad de oro con los De la Cruz, Aguirre Suárez, Lasa, Porta Barrios y Vicente, al que por cierto vi jugar en el entonces poderosísimo Peñarol de Montevideo, campeón intercontinental, frente a mi Atleti. Pero después la caída al pozo… El último hurra está por llegar y todos suspiramos por él.
El cine se ha adentrado con frecuencia en el mundo de la política, a veces con un rigor extraordinario, entre ficciones y apuntes de crónica. Podríamos citar muchos, muchísimos títulos aleccionadores, desde ´Todos los hombres del presidente´ –la irresistible ascensión del Washington Post con todas las revelaciones imposibles sobre el Watergate–, ´Nixon´ –obra ejemplar en cuanto a estudio del perfil emocional y sicológico de un presidente marcado por la adversidad e interpretado de forma impecable por Hopkins–, a ´Tempestad sobre Washington´, de Preminger, con reparto completísimo, por ejemplo… Pero entresaco del baúl de los recuerdos de mi alma de periodista dos títulos, en blanco y negro, tremendamente aleccionadores para este tiempo y sus políticos. En blanco y negro las dos. Y simbólicamente, una en negro y otra en blanco. ´El político´ resulta un análisis parabólico sobre el más que dudoso andamiaje de ese oficio, la corrupción, la deslealtad, el cainismo… Le dieron varios ´oscars´, incluido el correspondiente al mejor filme y al mejor actor, Broderick Crawford, inconmensurable. El blanco se corresponde en mi evocación a un relato del maestro John Ford, con el maravilloso Spencer Tracy de protagonista. Incorpora la figura del alcalde de una gran ciudad, varias veces ganador de las elecciones, desde su provisión de humanidad, cercanía, limpieza y autentico sentir del populismo. Llega el tiempo de la imaginable reelección. Pero entran en juego la ponzoña, la traición y la sedición. Todos los suyos, cruzados de la verdad pública, están convencidos del triunfo, pero, no: ganan ´los malévolos´… Aquel no pudo ser su último hurra… Su afectísimo y seguro servidor. JJP.