JOSÉ VICENTE PASCUAL
Paco, el mecánico de electrodomésticos con taller en la calle Sederos, nunca acudía a los avisos la primera vez que era requerido. Mantenía la teoría, muy digna de tener en cuenta, de que es tiempo perdido presentarse deprisa y corriendo para reparar cualquier cacharro porque, según él, "muchas veces las cosas se arreglan solas". Únicamente cuando la desolada ama de casa con el lavavajillas descuajeringado insistía tres o cuatro veces, se personaba él, dinámico y redentor, en el hogar con los platos amontonados en el fregadero. Todos a salvo, incluidos la lógica y el sentido común.
Si atribuimos a las máquinas la capacidad de "estropearse", también tendrá punto de apoyo en lo razonable la presunción de que cualquier aparato, igual que solito se descompuso, podrá volver a funcionar repentinamente. Algunos autores denominan a este fenómeno "la perfidia de los objetos inanimados", y yo creo que todo el mundo se ha sentido en alguna ocasión víctima de dichos tormentos. ¿Cuántas veces ha accionado usted el interruptor de la luz, y no iba, y luego sí y luego no... hasta que el contratiempo se resolvió por su propia, misteriosa inercia? Y quien dice el interruptor, dice el autorradio, la TV, la batidora o el ordenador. Concretamente, y hablando de estos artilugios cibernéticos, creo haber perdido la cuenta de las veces que han dejado de funcionarme, sin previo aviso ni aparente remedio, para recomponerse a los diez minutos, convenientemente "reiniciado el sistema". Tanto se reinician los ordenadores, ya por costumbre, que hemos inventado una palabra nueva, más rotunda y compleja, para definir esta acción: "Reinicializar". Sospecho que el anglicismo es de aúpa, pero entendámonos: no es lo mismo encender algo que, cargados de experiencia y tesón, nos dispongamos con toda pompa a reinicializarlo, nada menos. A ver qué PC se resiste.
Hace breves fechas, sin embargo, encontré un término perfectamente exacto para señalar estas disfunciones aleatorias del ordenador. La situación era típica: a ratos funcionaba, a ratos no. Tras unos cuantos días de sufrir este inconveniente, el ´computer´decidió ´motu proprio´ resolver lo problemas consigo mismo y ponerse a trabajar, que para eso lo tengo como los chorros del oro y le pago su tarifa plana. Ni un sí ni un no desde entonces. Mi adorable prójima, quien comparte conmigo sus días pero, lógicamente, no su ordenador, resumió el incidente con estas sabias palabras: "Eso es que le había dado un tabardillo pasajero".
Decisivo hallazgo. Llevo toda la semana pensando en escribir a Microsoft, a Linux y Google para que incluyan el nuevo término, "tabardillo pasajero", en el diccionario de ensalmos informáticos y, sobre todo, en los menús de ayuda de sus respectivos programas y sistemas operativos, bajo el apartado "Solucionar Problemas". Créanlo: si cualquier artefacto es capaz de arreglarse solo, los ordenadores son expertos en esta habilidad autocurativa. Los intríngulis de su funcionamiento son tan ajenos a la comprensión de la mayoría de los mortales que, francamente, a casi nadie le puede extrañar que sean capaces de lanzar funestos mensajes de "Error Fatal del Sistema" para, media hora más tarde, volver a recibirnos con la risueña musiquilla de "Inicio", como si tal cosa; en el peor de los casos, un mensaje inocuo, tranquilizador: "La sesión anterior se cerró repentinamente. ¿Desea restaurarla?". Pues haga usted lo que pueda, o mejor dicho: lo que le de la gana. Total, es su línea desde que nos conocemos.
Sólo existen unas máquinas aún no obcecadas en funcionar a su arbitrio: los coches. Por fortuna. Imaginen que van a tomar una curva y en el cuadro de mandos aparece esta indicación: "Va a abandonar la trayectoria recta. ¿Está seguro de que desea girar a la izquierda?". Aunque los coches también tienen lo suyo, no crean. Ayer, sin ir más lejos, mi dulce prójima –creo que ya les he hablado de ella–, metió unas cuantas cosas en el maletero, cerró con energía... y se espachurró el pulgar de la mano derecha. Ahora la tengo sentada en el sofá de la paciencia, entretenida la pobre mientras bichea en el ordenador, con el brazo vendado. Ruego a los cielos que al maldito cacharro, por joder, no le entre uno de sus tabardillos pasajeros. Sin poder conducir y sin poder navegar qué iba a ser de su vida. Qué sería de nosotros.