MANUEL E. OROZCO REDONDO
El pasado domingo, día 20, en el Central de Plaza Nueva, la charla se interrumpe ante la noticia del periódico: "La prostitutas dejan el Centro". A mi compañero de charla y café le parece una noticia importante que merecería actos conmemorativos en recuerdo de los servicios prestados a los hombres de esta ciudad. Se acaba una de las antiguas historias, como se acaba un mundo en el que nos criamos muchos, en aquellas calles con sus bares y los cines de antes, en los que el cine era un acto colectivo; eran momentos de lecturas de libros en los bancos o en los jardines de la Alhambra, de paseos por los bares a tomar bocadillos y de estas zonas del centro reservadas a la mujeres del más antiguo de los oficios; hoy en auge, pero perseguido, como nunca, ante la presión de los nuevos profetas de lo correcto, de lo que debe ser, pero que no arreglan nada, sino que lo confunden todo con su sentido de lo que es la verdad y su idea de progreso laico. La perdida de intervención de los curas receptores de desgracias y de aquellas prostitutas que aliviaban las penas del alma y los deseos más bajos, provoca nuevos conflictos y situaciones. Aquellos y aquellas, conocedores de la vida, han sido sustituidos por los psiquiatras y psicólogos para atender a una nueva realidad, más fría y económica, pero mucho menos versados en la conversación, el perdón y el saber comprender las penas que la vida nos echa encima como si fueran "regalos" a los que hay que saber alimentar y tratar todos los días. Claro que hoy todo es más grave, más duro y los remedios de antes ya no sirven y las tisanas han sido sustituidas por los antidepresivos, los psicotropos y las nuevas drogas, con las que gran parte de la población vive en este nueva realidad que representa el mundo virtual del Internet en el que el nuevo Hombre encontrará todo: cine, libros, variedades, sexo, distracciones, juegos y relaciones de todo tipo y condición, etc.
El mundo que conocimos se nos disuelve entre las manos; era un mundo lejano, oscuro y pecaminoso, de conversaciones en voz baja, de las mujeres de mala vida o de vida alegre. Como dice el diario Ideal: "Las prostitutas del barrio de San Matías –silla de anea en verano ante la puerta del lupanar en la calle Jazmín y el braserito en invierno bajo la mesa camilla cubierta con tapete de ganchillo-, han constituido un paisaje habitual durante largos años para todos los granadinos". El negocio inmobiliario, ángel destructor y modificador de Granada, ha sido el gran ejecutor de las sucesivas modernizaciones del ansiado progreso que ha barrido aquel mundo, ya en el recuerdo. Bajo sus ruinas, casas y solares ha aparecido otro más limpio, menos turbio y misterioso, más iluminado, en donde brilla el esplendor del consumismo, el desarrollo y la modernidad, mientras esconde sus miserias bajo los nuevos edificios y las penurias de sus vecinos. Quién quiera ver el patio trasero del nuevo mundo no tiene más que pasearse por los nuevos barrios y zonas industriales de los extrarradios de la nueva Granada, repleta de dramas, paro y desconsuelos de todas las clases y colores y, también, de lupanares sin cobijo, al aire libre, en la carretera, en las aceras o bajo las mafias del sexo en nuevos y aparentosos chalets del disimulo y las relaciones oscuras de todo tipo. Ganivet, un conocedor extraordinario del Hombre y de las civilizaciones, se dió cuenta de todo esto y, sin oponerse al desarrollo, como muchos se empeñan en ver para descalificarlo, nos previene de los efectos perversos del progreso, si no se sabe ver las consecuencias de las nuevas creencias y los dramas que puede causar en el Hombre, al que hay que preparar para que pueda contrarrestar los efectos de la nueva economía, las relaciones, las costumbres e ideas, pues el Hombre sigue con las mismas angustias y las mismas necesidades, pero a mayor escala y complejidad. En este nuevo mundo, repleto de hipocresía e intereses, no cesan de condenar y perseguir a este oficio, cuando son muchos los problemas que aminora, atiende y soluciona. Mientras no nos enfrentemos a los problemas en su origen, nada se mejorará, pues, sin frenos morales, el ser humano se ve impotente ante sus miserias y necesidades. Al revés de lo que se hace.
[Manuel E. Orozco Redondo es miembro de Ciudadanos por Granada]