JUAN SANTAELLA PORRAS. ABOGADO
Con las primeras lluvias de estos días, el olor a tierra mojada proclama la entrada del otoño y el comienzo de algo nuevo. Siempre es parecido, son los ciclos anuales. Como si se iniciara con más fuerza la tarea que nunca se había dejado, sólo suspendida, en paréntesis, por el periodo de vacaciones.
Cada olor nos quiere decir algo, nos recuerda alguna situación pasada, nos aporta a la mente momentos del ayer que quedaron grabados en el inconsciente. Al menos, eso ocurre con asiduidad. Si se huele a disco de embrague quemado, viene a la memoria el olor a suela de goma achicharrada, cuando, de niños, asistíamos a clase con una caja metálica de carne de membrillo, llena de ascuas del brasero de nuestra casa, para calentar los pies, a falta de calefacción.
El perfume a jazmín, el de la azucena, la leña quemada, el anís, la leche hervida, transportan a conversación de amigos en primavera, a novena de la Inmaculada, a pensamientos sobre el futuro, a taberna de pueblo, o a la niñez. Es que cada olor, nos dice algo.
También las situaciones concretas de la vida, por el contrario, nos manifiestan olores. Si entramos en un colegio para asistir a una primera comunión, o vamos de espectadores a un partido de ´football´, o visitamos un aula de la Universidad, acudimos a una galería para ver una exposición, o simplemente subimos al tren, olemos de forma diferente.
Las personas y los personajes nos emiten olores peculiares. Cada situación, cada sitio, te hace percibir un olor característico. Con las ciudades sucede igual. Granada huele a arrayán, Sevilla a naranjo y Málaga a jazmín.
Tanto es así, que literatos como el alemán Patrick SüsKind se inspiró en el tema y en 1985 escribió ´El perfume´, donde narra con gran belleza cómo las nodrizas rechazaban el cuidado del pequeño Grenouilles porque "no huele como tienen que oler los bebés". El pequeño a los quince años descubre la fragancia desconocida que le hará asesinar a una joven que la poseía, y buscó su olor el resto de su vida.
Si se fija en los políticos, tanto locales, como regionales o nacionales verá que de cada uno de ellos emana un cierto efluvio característico. Algún alcalde, nada más mirarlo, huele a ladrillo, otros a terruño, varios a cebolleta, y otros que suelen engominarse por eso de parecer más pulcros, huelen a papel de billete. Y a quien no se le quita la cara de sargento cuartelero.
Anímense y olfateen en nuestro entorno, descubrirán rincones de la ciudad con olor a naftalina, calles escondidas que su fragancia nos hará deleitarnos en su encanto, plazas que, por mucha fuente y agua que las riegue, no dejarán huella para un futuro porque su hálito está conformado del espíritu neonazi que ordenó su construcción.