JAVIER JIMÉNEZ ORTIZ
No conozco ningún empresario que prescinda de un buen trabajador por capricho". Ésta frase, pronunciada en el Pleno extraordinario de la Cámara de Granada el pasado 21 de septiembre por uno de mis compañeros en el mismo, Carlos Navarro, resume a la perfección aquello por lo que las empresas estamos peleando en los últimos meses en el contexto de la gravísima situación económica actual.
Tenía razón mi compañero, un exitoso empresario del sector de la hostelería de Granada, representante, como tercera generación, de una familia granadina que mantiene establecimientos abiertos en la ciudad desde hace más de 100 años. El objetivo de todas y cada una de las medidas que estamos reclamando desde el tejido económico y empresarial es el mismo: mantener la actividad de nuestros negocios, mantener el nivel de empleo en nuestras empresas, seguir generando riqueza.
Existe un doble y grave equívoco en relación con lo que las empresas reclamamos.
Por ejemplo, en lo que se refiere a la flexibilidad laboral que algunos –seguro que por desconocimiento– traducen por despido libre. Nada más lejos de la realidad: lo que reclaman las empresas, las organizaciones empresariales e instituciones como la Cámara es, por un lado, lograr una mayor equiparación entre ese grueso de trabajadores temporales con escasos derechos y el número, radicalmente menor, de quienes cuentan con sólidos derechos consolidados; es lo que hemos llamado reducir "dualidad entre trabajadores con contratos fijos y eventuales". Queremos que sea más fácil contratar, ajustar nuestras plantillas a la producción, ligar salarios a productividad… lo que, en efecto, facilitará la contratación, en ningún caso el despido. ¿Es fácil contratar en la actualidad cuando las plantillas son difícilmente flexibles? ¿Cuando la productividad no es en absoluto un factor de las relaciones laborales? ¿Cuándo la movilidad es una quimera? Radicalmente no. En este sentido, la sintonía de la Cámara de Granada con las organizaciones empresariales, y en concreto con la Confederación Granadina de Empresarios es total y, en consecuencia, tengo una total confianza en el papel que en los próximos meses va a desempeñar en ese terreno.
Algo parecido ocurre cuando reclamamos que las líneas de financiación lleguen realmente a las empresas. ¿Lo hacemos para mantener no sé qué privilegios? No; lo hacemos porque los recursos procedentes de los bancos son absolutamente imprescindibles para el funcionamiento de nuestros negocios, para mantener nuestras líneas de producción. ¿Que es posible que el modelo, muy fundamentado en el pasado en unos créditos baratos y fáciles de conseguir, debe modificarse? Seguro; ése es uno de los retos que las empresas tenemos que acometer de cara al futuro; pero es algo que sencillamente no podemos hacer sin el acceso a las fuentes de financiación. Sin ellas, en un momento en el que los proveedores, y particularmente las administraciones, no pagan, ni siquiera podremos mantener nuestras empresas abiertas.
¿Y qué decir de la fiscalidad? Cuando reclamamos apoyo en ese terreno no pedimos sino medidas que nos permitan destinar dinero, precisamente, a la financiación del día a día. Pedimos cosas tan comprensibles como que no tengamos que pagar a la administración en tres meses el IVA de facturas que la propia administración no nos pagará hasta dentro de año y medio. ¿Pedimos subvenciones? No. Sencillamente pedimos medidas que nos permitan gestionar más eficientemente nuestros ingresos para mantener la actividad y ampliarla en la medida de lo posible.
¿Y cuando reclamamos la agilización de la burocracia? ¿Lo hacemos para que resulte más fácil nuestro trabajo? No, lo hacemos para poder crear más fácilmente un negocio, abrir un comercio, acometer una obra. Cada obstáculo que un empresario encuentra en el camino de poner en marcha un nuevo negocio reduce las posibilidades de crear empleo; es posible que él pierda posibilidades de lograr beneficios –pero también minimiza sus riesgos-, lo que es seguro es que una empresa que no se crea es empleo que no se genera.
Pero decía que había un doble equívoco. De hecho el doble equívoco proviene tal vez de una equivocada percepción de lo que las empresas aportan al tejido social. Digamos que la queja sería que las empresas ´pedimos´ en la crisis cuando no hemos ´dado´ en los tiempos de la bonanza.
Sinceramente, ése empieza a parecerme el más grave efecto de la crisis económica: el que tras casi tres décadas de avances haya quien vuelva a considerar al tejido empresarial el blanco de las críticas, el culpable de todo lo que ocurre.
Me resulta hasta un poco sonrojante tener que recordar el fantástico protagonismo que las empresas –empresarios y trabajadores– hemos tenido en la construcción de la sociedad española y granadina, la aportación a las arcas del Estado ya no sólo por nuestros beneficios, sino por el mero hecho de realizar una actividad económica, la riqueza que hemos generado a partir de nuestro riesgo –y obteniendo, obviamente, nuestro beneficio–, nuestras aportaciones crecientes en el ámbito de la responsabilidad social corporativa…
Lo que pretendemos ahora es seguir haciéndolo. No se trata de beneficios empresariales; se trata de mantener la actividad. Tan simple como eso. Tan importante.
[Javier Jiménez Ortiz es Presidente de la Cámara de Comercio de Granada]