MIGUEL RUIZ DE ALMODÓVAR
Ciertamente ser alcalde o alcaldesa, debe ser cosa bien difícil, y compleja, casi titánica diríamos por los grandes conocimientos que se presuponen, siquiera generales, en la persona del candidato, generalmente osado e incompetente. Nadie se para a pensarlo, pero la cosa es más grave de lo que parece, tanto como ejercer la medicina de la noche a la mañana sin ser médico, o la abogacía sin saber de leyes. La ligereza y temeridad de algunos es tan grande y lustrosa que no se ve hasta que es demasiado tarde. A ello ayuda sin duda la ambición desmedida del aspirante, cegado por la vanidad incluso endiosado, y la alegre decisión de unos votantes guiados por una fachada o presencia contundente, y aparentemente segura. De ahí los estrepitosos fracasos, y desbandadas de unos y otros pasadas las primeras fotos.
De ahí también el descrédito considerable que desde siempre acompaña a la clase política.
Todo eso queda amortiguado, disimulado o difuminado en los grandes Ayuntamientos y sus equipos de gobierno, por el control de la oposición y la garantía de unos medios de comunicación independientes, instantáneos, y poderosos, etc., pero no en los pueblos pequeños, donde queda descarnada y a la vista de todos el valor personal, y tapada o cubierta las mezquindades con mentiras de niño. Donde se persigue la libertad de expresión con amenazas de querellas criminales, se conceden prebendas en concursos amañados o se compran los silencios, con promesas y recompensas futuras, que eviten se propague la verdad, siempre ofensiva e injuriosa para el que manda.
Ser alcalde en un pueblo pequeño es serlo todo y poderlo todo, los demás son meras comparsas. Por eso yo propongo una locura, el que se examinen y aprueben con nota los aspirantes o en su defecto quede desierta por cuatro años la plaza, y en manos de gestores profesionales nuestro destino.
[Miguel Ruiz de Almodóvar es abogado]