OLALLA CASTRO
Que el Día Mundial contra la Pena de Muerte aún tenga sentido es algo que de por sí debiera espantarnos. La llamada "pena capital" se aplica en noventa países, si bien el caso más flagrante sigue siendo el estadounidense, por cuanto la supuesta tierra de las libertades y baluarte de la democracia moderna es el sexto país con más asesinatos de Estado. No es sólo que resulte vergonzoso e indignante que la "justicia" pueda resolver castigar un crimen con otro, que el Estado tenga potestad para privar de la vida a sus ciudadanos, lo más ruin es la manera en que los yanquis lo convierten todo, incluso la muerte, en un lamentable espectáculo de masas. Que uno pueda asistir como público a la ejecución de un persona es el súmmum del cinismo, que alguien pueda presenciar cómo electrocutan a un condenado en la silla eléctrica desde el sofá de su casa, es la prueba de que no nos sirvió de mucho salir del medioevo (si acaso para cambiar la plaza pública por la televisión por cable), apenas para esbozar en la teoría toda una serie de bellas y tranquilizadoras abstracciones (Libertad, Justicia, Igualdad y Respeto, los grandes conceptos que sostuvieron el fracasado proyecto de la modernidad) que nos hicieron sentir lejos de las cavernas de las que nunca llegamos a salir del todo, visto lo visto. En Estados Unidos la "pena de muerte" lleva aparejadas incoherencias demenciales como éstas y una componente racista que no es accidental. No es casual que el noventa por ciento de las ejecuciones en los Estados Unidos tengan lugar en los estados sureños históricamente esclavistas. Tampoco es casual que el noventa y ocho por ciento de los fiscales yanquis que deciden sobre la pena de muerte sean blancos, ni que en más del ochenta por ciento de las condenas a muerte la víctima de la persona condenada fuese blanca (en Texas, hasta 1986, los llamados "asesinatos negro contra negro", es decir, crímenes en los que sólo estuviesen implicados afroamericanos, eran considerados un delito menor), ni que uno de cada tres ejecutados sean afroamericanos. Pero lo menos accidental es el hecho de que la pena de muerte haya servido a los Estados Unidos para quitarse de en medio a la población afroamericana, latina o árabe subversiva (militantes de las Panteras Negras como Mumia Abu-Jamal, cuya condena a muerte fue derogada recientemente tras treinta años denunciando desde el corredor de la muerte el sesgo racista de la pena máxima en su país). Los asesinatos de Estado, las torturas, los desequilibrios sociales, la exclusión y el racismo son la verdadera esencia del "país de las oportunidades", mientras las barras y las estrellas ondean en la última escena de cada película y un grupo de alegres muchachos y muchachas cantan al unísono: "Todo es posible en América".