MIGUEL ÁNGEL MARTÍNEZ-CABEZA
Decía Henry James que de todas la ciudades del mundo, Venecia es la más fácil de visitar sin ir allí. Desde luego William Howells estuvo allí en 1862, y se quedó nada menos que cuatro años como embajador de Estados Unidos. También estuvo por allí medio siglo después Henry de Régnier, tomando café en Florian con su bigote de Asterix y su monóculo. Y sólo puedo suponer que Wodzimierz Odojewski la habrá visitado porque como vive entre Varsovia y Munich, le queda bastante a mano. Quienes quieran visitarla o evocarla o imaginarla, sin ir allí, pueden hacerlo leyendo las páginas del norteamericano en ´Vida veneciana´ (Páginas de Espuma, 2009), los cuentos y esbozos del francés en ´Venecia´ (Cabaret Voltaire, 2009), o el relato del polaco en ´Una temporada en Venecia´ (Minúscula, 2009).
La traducción castellana de los escritos venecianos de Howells estaba todavía pendiente y la edición de Páginas de Espuma se ha hecho con cuidado aunque prefiero la mía norteamericana con las tapas nacaradas y los bordes dorados en dos pequeños volúmenes llenos de acuarelas. Lo que confunde es que ahora se ha usado como prefacio una reseña que Henry James hizo de otro libro de viajes por Italia de Howells en vez de aquel en que el propio autor explica que sus impresiones fueron recogidas cuando la Serenísima estaba bajo dominación austriaca, cuando Venecia no era del todo Venecia. Sin embargo las observaciones hechas durante este período excepcional que terminaría con la derrota austriaca en la Guerra Austro-Prusiana en 1866, justo el año de publicación de ´Vida Veneciana´, le añade interés a las estampas de la ciudad de los canales. Howells llega en invierno a una Venecia dividida entre dos bandos irreconciliables, los "italianísimos", partidarios de la unión con Italia a toda costa, y los "austriacanti", todos aquellos relacionados con el gobierno Austriaco. La nobleza se ha exiliado o se recluye en sus palazzi sin ir ya a la ópera ni los teatros. El carnaval no es más que un puñado de zarrapastrosos con máscaras que cantan pidiendo dinero por los comercios. La plaza de San Marcos está dividida: cuando las bandas tocan música alemana, la ocupan los austriacos mientras que los venecianos pasean alrededor por los soportales de las Procuratie. Los cafés están igualmente asignados: imposible ver a un veneciano en Quadri ni a un austriaco en el desaparecido Specchi. Sólo Florian es territorio común donde las fuerzas hostiles consienten en mezclarse ya que la afluencia de turistas de todas las nacionalidades crea una especie de inmunidad. Howells previene al lector contra la Venecia romántica inventada por Byron tras buscar en vano a los personajes ilustres que pasaron por el Puente de los Suspiros camino de los calabozos pero no por ello deja de sucumbir a la seducción de sus calles, el atractivo de sus canales, la fascinación de lo inesperado, la vista desde un balcón dando al Gran Canal... El último año alojado en el Palazzo Giustiniani sería más memorable, si cabe. Howells se queda sin palabras para describir el encanto del arte veneciano, el vigor de Tintoretto, el lujo elegante de Tiziano, la opulencia del Veronés. Quien quiera conocer su belleza tendrá que ir a verlos a sus altares y palacios, donde lo recibirán con una majestuosa bienvenida.
La realidad de los esbozos de Régnier apenas se distingue de la ficción de sus cuentos. Al protagonista de ´El aparecido´ le gusta sentarse justo debajo del fresco de un turco con turbante y un chino con su trenza que hay en una de las salitas de Florian a tomar ponche de alquermes. Los lugares están apenas disimulados y así el Palacio Vimani es el Barbaro y el Aldramin la Ca´Dario, que además aparecen entre las numerosas fotografías antiguas que acompañan al texto. Aunque todos los cuentos están en primera persona, sus narradores van entremezclando lo que otros les han contado, escrito, o legado de manera que la ficción se va extendiendo por la historia de Venecia, que a la vez se entremezcla con su geografía urbana. Es el mismo tono directo y personal de los esbozos: el escritor mira a la escribanía veneciana del XVIII con los tinteros decorados con granadas que ocultan sus granos como los frutos de la escritura que se ocultan al autor, y viendo la historia de Venecia en el sencillo objeto se siente presa de su obsesivo poder, como en San Marcos, en la Salute, en la Giudecca, con la luz anudando las cintas de sus canales, pero también sigue cautivo cuando viaja a Chipre y aparece el león alado, cuando en los mármoles de Santa Sofía brilla San Marcos y los caiques del Cuerno de Oro parecen góndolas. La llave es el emblema de estar prisionero del sortilegio de Venecia, la llave que siempre lleva cogida y que cuelga cada noche en la pared para tomarla mañana, porque no es un transeúnte y mañana seguirá allí. Régnier es un amable cronista de la Venecia de principios del siglo XX, que espera al traghetto para cruzar a San Gregorio mientras el invierno, que deja atrás el sentimentalismo, el romanticismo y las melancolías del otoño, se queda sólo con su tristeza.
Aunque mayor es la tristeza de Marek al no poder visitar la ciudad flotante. El viaje prometido se cancela en el último momento porque acaba de estallar la guerra pero Marek tiene sólo nueve años y no renuncia a su sueño. Ha recortado las fotos del Gran Canal, el palacio Ducal, los puentes, los canales, los callejones, los barcos, y se sabe el plano de memoria, Rialto, San Pietro di Castello, el Campanile, la casa de Marco Polo, el Giardinetto, la Giudecca, Murano, Torcello. ´Una temporada en Venecia´ es la historia de un niño capaz de recrear una Venecia imaginaria con la colaboración de unos adultos algo excéntricos que durante unos días de verano ignoran la ominosa realidad que se cierne sobre todos ellos.
Todos tenemos nuestra Venecia particular, en parte real y en parte fantástica. La mía empezó al descorrer las gruesas cortinas de las dos ventanas hasta el techo de una habitación que da justo a la esquina de la fachada de la Basílica, con la Piazzeta y el Gran Canal al fondo enmarcado por las columnas, la Piazza a la derecha con todos los soportales de la Procuratie y en el centro el Campanile. Dudo que haya mejor vista desde una ventana en toda Venecia.