PASCUAL RIVAS CARRERA
El tiempo, desde Einstein, sabemos que tiene un valor relativo; que discurre más rápido o lento según las circunstancias. Además introduce o se introduce como una dimensión relativa en nuestra mente. Lo que ocurre a nuestro alrededor tiene diferente valor y va a influir más menos en la vida y en nuestros recuerdos. Es más, en los primeros segundos de la existencia del universo se produjeron fenómenos relativamente más importantes que los ocurridos durante miles o millones de años después.
Los geólogos medimos el tiempo pasado en unidades absolutas (años, días, miles de años, horas, etc.), las menos de las veces, pero, sobre todo, en unidades relativas, esto es el tiempo durante el que ocurrieron sucesos de especial interés y que tienen extensión absoluta muy diversa, desde años a millones de años: la época de los dinosaurios y la extinción de los dinosaurios, son un buen ejemplo. La primera (época) duro más de ciento cincuenta millones de años y la segunda (la extinción) escasamente un lustro. Desde el punto de vista evolutivo y de la vida, las cosas fueron radicalmente diferentes en ambos tiempos. Los dinosaurios evolucionaron de forma relativamente lenta, siguiendo las pautas darwinistas, mientras que durante la extinción fallaron los mecanismos que tanto éxito habían tenido, y un meteorito cambió el medio de tal forma que rompió la supervivencia de los organismos con mayor diversidad en la historia de la vida.
Las ideas darwinistas triunfaron sobre las catastrofistas y, en su esencia, llevan no atender al comportamiento de la vida durante las catástrofes, que pasan a ser "accidentes" en el registro geológico, ya que la evolución es básicamente un proceso contínuo y gradual.
En el siglo XX las radiaciones nucleares pusieron de manifiesto su acción mutágena (producían mutaciones genéticas que daban lugar a hijos monstruosos), de forma que durante años se consideró que las radiaciones cósmicas, las ultravioletas, etc., debían ser las causantes de épocas de mutaciones que producían cambios muy rápidos en la historia de la vida, que se mostraban como catástrofes. El proceso evolutivo era el mismo que el de épocas normales, pero acelerado por un incremento en las mutaciones.
En 1980 cambian los conceptos respecto a las catástrofes. Un español y su hijo americano, los Álvarez, junto a otros investigadores, lanzan la teoría de la desaparición de los dinosaurios, de la catástrofe del final del Cretácico, consecuencia de la caída de un meteorito de unos diez kilómetros de diámetro en la región de Yucatán. La respuesta de una de las mentes más brillantes de la ciencia española, el ecólogo Dr. Margaleff, es inmediata. Durante las catástrofes no se altera la velocidad de mutación, sino que se produce un cambio en la dirección e intensidad de la selección natural. En el impacto la extinción o la supervivencia no siguen ningún patrón conocido, se comportan al azar, no funciona la selección natural, es una selección extraordinaria, casi total. El extinguirse o sobrevivir es cuestión de oportunidad. No hay organismos adaptados a esas circunstancias. Desaparecen los dinosaurios pero no los cocodrilos ni las aves, sus parientes. Algunos mamíferos, escasos, que vivían en zonas marginales, sobreviven. A priori eran las mejores victimas, pero el azar los llevó a triunfar. El proceso fue totalmente heterodoxo. El tiempo se aceleró, y en pocos años ocurrieron más cosas evolutivas que en cientos de millones anteriores. El éxito posterior nació de la supervivencia. Los organismos actuales son los herederos de los supervivientes, no de los de más éxito en la época anterior a la catástrofe.
Las crisis económicas, no se rigen por los mecanismos de tiempos normales, y las propuestas no corresponden con las usuales, de éxito en esos tiempos. No hay especialistas en las catástrofes y mucho menos economistas que puedan guiarnos en ellas. No existen soluciones generales, ni reglas, hay soluciones concretas aplicables a cada caso, sin la seguridad de que funcionen pues no tienen antecedentes, no han ocurrido antes.
Es el momento de los tiempos cortos, de los oportunismos, de solucionar problemas concretos, de lo que hemos dado en llamar "ocurrencias". Naturalmente hay que planificar al tiempo una dirección general de salida (desarrollo sostenible, por ejemplo) pero siendo conscientes de que dará resultados a largo plazo.
Personalmente me niego a aceptar que la solución al problema pueda venir de aplicar las recetas que han provocado la crisis. Salvar y transformar a los trabajadores dará siempre mejores resultados, aunque sea más lento. Las recetas de la economía liberal son buenas para el capitalismo, sobre todo después de que han recibido las subvenciones que les permiten sobrevivir por encima de lo esperado y merecido. Zapatero, nuestro presidente, ya presidió épocas normales, las más florecientes de nuestra historia en crecimiento y empleo, esperemos que acierte en esta nueva etapa con nuevas recetas.