JULIÁN HERNÁNDEZ
La televisión, que ya de por sí es descacharrante, cree que hay que apoyar las risas del respetable de alguna manera. En las comedias (?) que invaden nuestros televisores, cada día y a todas horas, se utiliza un recurso viejo y eficaz que consiste en disparar una grabación de risas cuando se supone que la frase del actor de turno es hilarante. No es mala idea. En realidad es la transubstanciación de la antigua “clá” de los teatros: unos cuantos espectadores estaban contratados para aplaudir en el momento adecuado para contagiar al resto de los asistentes. No fallaba. Claro que también había gente contratada para abuchear y patear la función. Este último recurso lo solían utilizar los enemigos del autor de la obra, de la compañía que la representaba o del empresario que la pagaba. Tampoco era mala idea y tampoco fallaba. Como la televisión no tiene estos condicionantes de la representación en directo (en un momento dado sí los tuvo), utiliza ahora un archivo de risas y aplausos que suenan cuando interesa que el televidente se ría. Es fácil: con un ordenador cargado de registros de ese tipo, el ambientador de risas (¿existe tal denominación laboral?) pulsa una tecla de vez en cuando y suenan las carcajadas contagiosas. Son las risas enlatadas. La cuestión es quién decide qué momento es el adecuado para que el gag en cuestión sea despelotante. Básicamente, en las series de televisión, ese criterio no existe. No hay más que fijarse un poco: si aparece un personaje por la derecha de la imagen (Chaplin lo inventó todo) y dice: “Buenas tardes”, de repente salta todo un coro de risotadas. Quizá sea un débil consuelo para el fracaso de los guionistas, pero el caso es que no falla: un“buenos días”, un “¿qué hora es?”o un “parece que va a llover”, son en la tele el equivalente al “¿a quién va a creer usted: a mí o a sus propios ojos?”, de Groucho Marx.
La televisión se ha convertido en un medio homogéneo. Todo tiene la misma apariencia, la misma iluminación y el mismo tono. Tanto da si se trata de una catástrofe natural en algún país remoto como si se habla de un pleno del parlamento español o de la pobre Andreíta, la hija de Belén Esteban que algún día pedirá una indemnización de cojones a sus mediáticos padres y/o a sus padres mediáticos por el coñazo. Bueno, eso si Andreíta no consiente en que cada vez que aparezca, ya de mayor y en algún gallinero televisivo, suenen las risas enlatadas de turno. Si es así, que se joda y que Dios la pille confesada. Lo que resulta extraño es que no suenen esas carcajadas en otros momentos. Por ejemplo, en el momento en el que suben Zapatero, Obama o Chávez al estrado de la Asamblea General de la ONU. La prensa escrita debería regalar cada domingo un saquito de la risa para que el audaz lector lo agite tras leer todos y cada uno de sus titulares. El Joker se iba a forrar por la patente.