FRANCISCO ROMACHO
Decíamos ayer que los mejores granadinos de ahora nos nacen en Murcia y resulta que se me olvidó pasar por Irlanda (decíamos ayer del finísimo encaje Claret-Jara, una conspiración primorosa de sonrosados mofletes cuya paternidad tiene a Pacoálvarez transido de gozo, una sensación muy parecida a la inmediatamente después de, supongo). Por Irlanda para enmarcar el granadinismo de Ian Gibson, de la misma manera que Brenan tenía gentilicio alpujarreño. Estos granadinos que nos salen de afuera hacia adentro suelen agarrar con brote poderoso y apenas con un par de injertos, muchos codos de investigación y cinco vinos en El Elefante se hacen por derecho del paisaje de Puerta Real de toda la vida.
Mi madre me crió con pelargón y leche de cabra y Gibson se crió en Lorca con su valentía de guiri ilustrado: la homosexualidad sin complejos, la delación del tipógrafo, los silencios del miedo, los Rosales, la huerta de San Vicente, Angelina Cordobilla, Víznar. Frente a las miserables telarañas del último franquismo granadino, Gibson opuso su enérgica brillantez, su meticuloso método para desnudar la atrocidad del crimen y sus cómplices. No puedo concebir mejor cédula de paisanaje.
Con la familia Lorca me (nos) pasaba casi lo contrario. A medida que Gibson (y Ramos y Juan de Loxa y Castro y después tantos otros) iba abriendo los caminos en busca de todas las huellas, la familia parecía acomodarse en una cierta opacidad, en un rosario de misterios, en un penoso bregar con las administraciones. No he conocido a ningún político que no haya salido trasquilado y rascándose la nuca después de toparse con todas y cada una de las dificultades contantes y sonantes que la familia (en abstracto así tomada) ha ido negociando con los ayuntamientos, las consejerías y los ministerios.
La penosa y larga lucha de miles de víctimas de la Guerra Civil por la recuperación de los cuerpos de las fosas comunes contrasta con la surrealista batalla del Barranco de Víznar promovida por la familia Lorca para evitarlo. Como todos somos Lorca, me he hecho unas reflexiones y un rasguño en la ceja intentando entenderlo. Pero me resulta más sencillo pasear por el simbolismo lógico de Wittgenstein y su propuesta de las tablas de la verdad. Ahí hay algo que no encaja, que no tienen ningún sentido. Si lo que buscaba la familia era huir de la especulación, no lo podría haber hecho peor. La mejor empresa de comunicación del mundo no habría logrado concentrar tantas toneladas de morbo. Total, un disparate.
El explicable rebote de Gibson amenaza con devolver la bien merecida medalla de oro de Andalucía y apostatar de granadino, dar el portazo y no volver a mirar el Veleta. Dicen que cuando los irlandeses granadinos se ponen irritados viene a ser como silbarle contradanzas a una piedra. Cual paradoja horripilante, todo eso ocurre en las mismas horas que la derecha municipal se niega a colocar una sencilla placa en el cementerio en memoria de los miles de fusilados. Las mismas horas en las que el hijo del que fuera el jefe local de la dictadura que mató a Lorca y a Fernández Montesinos llama "partido de la muerte" a los herederos políticos de los asesinados. Si se va Luis García Montero, si se va Ian Gibson, si se queda José Antonio Primo de Rivera y el que manda es Pérezhijo, no le dé usted más vueltas: setenta años después siguen ganando la guerra.