JUAN GAITÁN
Tenía el verso limpio. Se le podía mirar sí, al verso limpio y también a la prosa clara, matinal, en realidad verso con ropa de faena. Muñoz Rojas, que se nos murió ayer como de otoño, se nos queda para siempre en la etereidad de su obra.
Hace tiempo que dejé de creer en las fronteras entre géneros, que son demasiado difusas, caprichosas y, casi siempre, producto de críticos y de académicos. Pero en la literatura (llamémosla así, con amplitud de miras) de Muñoz Rojas se confunden felizmente verso y prosa porque siendo lírica la intención y lírico el lenguaje, siempre serán poemas lleven el vestido que lleven, se presenten como se presenten. La poesía es muchas cosas, entre ellas forma, pero no sólo forma. Y para defenderlo ahí está ‘Las cosas del campo’.
Muñoz Rojas, poeta de esencias, poeta entero y cierto con un dejo machadiano y también juanramoniano, un poeta de lo cotidiano, de lo inmediato, capaz de dar a los objetos más cercanos una trascendencia espiritual. Muñoz Rojas poeta de la contemplación que vive mirando y reflexionando y creando, poeta de clamorosos descubrimientos con una sencillez no sé si intencionada, pero desde luego profunda y sincera, exenta de artificio y alejada de eso tan horrendo que llamamos “lo poético” o que Onetti, más acertado, atinó a calificar de ‘literatosis’. Muñoz Rojas, telúrico y secreto, poeta de la distancia, de la simplicidad de las formas, poeta de la etereidad, vivo ya para siempre en las musarañas, en las cosas del campo, en la voz que me llama.