MIGUEL A. CHICO
Si preguntásemos a cualquier persona por algunos de los recuerdos que guarda de su ciudad natal, a buen seguro su respuesta incluirá las fiestas patronales, esos festejos que año tras año se hacen presentes en nuestros pueblos y ciudades y constituyen el regocijo y el olvido, por unos días, de las penas del sufrido día a día.
En Santa Fe, las fiestas en honor a su patrón, San Agustín, son sólo eso: un recuerdo. El 27 de agosto se procedió a la quema de El Penas, que este año simbolizaba a la crisis que estamos sufriendo, e incluía una larga cola de parados y múltiples carteles rezando ‘Se vende’. Faltaban, tal vez, alusiones al despropósito de la especulación urbanística, a la apuesta de los ayuntamientos por proyectos tan polémicos como el que acechaba no hace mucho los campos de Santa Fe.
Muerta FADESA, se acabó la rabia, que dirían algunos, y es que el Ayuntamiento de Santa Fe basó todo el futuro del municipio en un proyecto que, se veía venir, salió rana, por más que en la propaganda electoral se nos quisiera presentar engalanado de príncipe.
Pocas luces iluminan hoy las calles del municipio durante la noche, recibiendo tristemente al visitante. No hay actuaciones como en otros años; apenas se sabe que estamos en fiestas. Hay que ser austeros con la crisis, sí, pero curiosamente Santa Fe es el único municipio donde se está notando de una forma tan contundente.
Eso sí (y podrán llamarme demagogo, pero no dejará de ser verdad), a nuestros gobernantes no se les caen los anillos a la hora de subirse los sueldos. Lo dicho, felices fiestas, aunque parezcan un sucedáneo de las mismas.