Estampas de verano

El catervario

 10:09  
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RAMÓN GONZALO RODRÍGUEZ Todo el mundo sabe que los catervarios eran un tipo de gladiadores del circo romano, los más humildes sin duda, que luchaban en manadas y a tropel, a diferencia de otros más selectos como los reciarius, armados con un tridente, o los samnitas provistos de una daga y con el pecho tatuado. Pero a Paco Castilla le apodaban "El Catervario", por la caterva de hijos que tenía, cinco mozalbetes talludos, enjutos y de un trato afable y serio. Paco había nacido en plena Contraviesa, cerca del Cortijo Santiago. Allí había aprendido a sortear toda clase de vientos y a vencer toda clase de obstáculos, hasta que siguiendo la tónica de la época como tantos otros, se bajó a la costa donde alternaba el trabajo en la construcción con el de la jardinería en chalets y urbanizaciones.

El cuarto de sus hijos, David, de apenas dieciséis años, trabajaba en un vivero al que los veraneantes acudían en masa para reponer o montar los parterres de sus adosados.

El día que Irene fue a comprar flores para su jardín y vio por primera vez a David perdió los sentidos y el alma por él. Éste trajinaba, ordenando los maceteros en estantes en aquel ambiente tórrido y húmedo de los plásticos, sin percatarse de que la chica lo devoraba con la mirada. No era la de David una belleza sólo atractiva o llamativa, sino que cuanto más se fijaba la vista en sus facciones morenas y en sus rasgos, más secretos de belleza eran revelados, como si su rostro y el movimiento de sus manos fueran un manantial permanente, inacabable de estímulos sensuales.

No le costó ningún trabajo a Irene establecer contacto con él e iniciar una relación que llegó hasta donde ella quiso que era hasta la más absoluta entrega y el más total de los ensimismamientos a pesar de las reservas y de las múltiples excusas que David planteaba para eludir aquella absorbente y agotadora relación. Pero cuando él acababa su turno ya estaba ella esperándolo a la puerta del vivero con el coche del padre, o irrumpía en cualquier momento donde sabía que David estaría de solaz con sus amigos. -Ésta va a acabar contigo en cuatro días, David- se mofaban de él sus colegas.

El drama surgió cuando llegó el final del verano y a la chica se le presentó la cruda realidad de tener que volver a casa. Irene se lo planteó a sus padres sin dejar lugar a dudas sobre su decisión. -O se viene David con nosotros, o me corto las venas de un tajo. Yo no puedo vivir sin él, mamá. ¡Os exijo que nos lo llevemos!

Al entrar en el salón de la casa de David la madre de Irene se percató enseguida de que en la alacena no se veían copas para el vino blanco.. ¡ni para el tinto!. Después observó un provocador botijo rezumante de gotas erigido en el mejor sitio del salón. Parecía una diosa ibérica en plena fecundidad. Cada una de las dos familias estaba apostada a un lado de la mesa como dos bloques claramente enfrentados y mudos. Cuando Paco llegó a la casa y vio el Lexus en la puerta lo intuyó. –Ya vienen a por mi David-, pues sabía muy bien la buena ley y el valor de lo que había criado. Y al entrar vio el cuadro. David, el hermano pequeño y la madre sentados en una esquina. Guardando las distancias la chica junto a sus padres componía todo un ejercicio de puesta en escena melodramático. Alta, delgada bronceada y poco agraciada. La madre ataviada con ropa deportiva de marca, y el padre con las piernas y los brazos bronceados y torneados a base de echar horas en el club de tenis.

-He visto el coche en la puerta,
y vengo medio compugío,
con mi corazón alerta,
por si algo malo ha ocurrido,
o he cometido alguna afrenta -, dijo Paco a modo de saludo.


Sus hijos rieron la ocurrencia. Los de Madrid quedaron extrañados sin saber que responder. Irene no cesaba de mirar a David. La propuesta de la madre era taxativa.

–Dado que Irene no podía vivir sin David, o se iba a Madrid con ellos, donde no le faltaría de nada, o si pasara alguna desgracia se verían en los tribunales, donde tendrían todas las de perder, dado que ambos eran abogados, dijo señalando al de los músculos torneados y a ella misma.

-Mi David no es un clavel
Que se arranca fácilmente
Y menos por una mujer
Que piensa insensatamente
Que puede mandar en él- contestó el Catervario fiel a su estilo.


El padre de Irene que había permanecido callado hasta ese momento se sacó una cartera y largó en la mesa un puñado de billetes para demostrar que lo suyo no era problema económico, y que estaban dispuestos a pagarles los ingresos de David en el vivero.

Paco entonces se encrespó. Se le veía el rostro enrojecido por la ira, igual que David al que los ojos se le habían inflamado por la impotencia, la rabia y el desprecio. Paco fue donde estaba el botijo y le largó un trago que a todos les pareció eterno. Cuando acabó se volvió al grupo y les dijo mirándolos al rostro.

-Coja usted el monedero
Pa comprarse un nuevo coche,
Una finca o un picadero,
Mi David duerme esta noche,
Con su padre el jardinero.


Y abriendo la puerta les señaló la salida. Se puso la mano en el bolsillo apretando algo que tenía dentro y dijo a modo de epílogo. ¿O quieren saber por qué me dicen de verdad El Catervario?

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