RAFAEL GUERRERO
Pqué el descubrimiento mediático de una curiosidad histórica local aparentemente insignificante tuvo un eco internacional tan importante como la declaración de guerra de la localidad granadina de Huéscar a todo un país nórdico como Dinamarca? Primero porque resultó algo sorprendente inicialmente para el periodista que suscribe al encontrarse con el artículo bien documentado elaborado por el historiador Vicente González Barberán y publicado en la revista local La Sagra.
La sorpresa aumentó de calibre cuando se convirtió en noticia relevante de portada en Ideal el domingo 26 de junio de 1981 con amplio reportaje en contraportada. La bola de nieve fue creciendo conforme las instancias oficiales española y danesa se interesaron por el tema, trascendiendo de las fronteras hispanas cuando aún no se había inventado la globalización.
Así empezó a engrasarse la maquinaria diplomática que culminaría en la firma de la paz el 11 de noviembre de 1981, justo cuando se cumplían 172 años de la guerra más larga de la Historia de la Humanidad. Un acto institucional y festivo celebrado en Huéscar en el que unas hostilidades tan prolongadas en el tiempo se tornaron en un llamamiento a la paz con mayúscula, del que fueron testigos numerosos periodistas no sólo españoles, sino de países tan lejanos como la propia Dinamarca y de Estados Unidos y Japón. Huéscar se convirtió así en un emblema universal por la paz y unió desde entonces a su nombre el apelativo de “ciudad de la paz”.
En respuesta a la pregunta inicial, la clave de fondo de la trascendencia de aquella “guerra” entre comillas fue la oportunidad de proyectar un esperanzador mensaje de paz en un contexto ya lejano y olvidado de tensa guerra fría en el que las dos superpotencias presididas en 1981 por dos tipos duros y dispuestos a lo peor, como Ronald Reagan en Estados Unidos y Leónidas Brezniev en la Unión Soviética, no paraban de mirarse de reojo desconfiados mientras la carrera armamentística amenazaba a toda la humanidad.