Estampas del verano

Sábados gloriosos

 17:12  
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El sábado fue el día elegido por mis padres para hacer la rutinaria visita a casa de mi tía Torcuata y su marido, mi tío Manuel, durante los meses estivales. Por supuesto que esa tarde no merendábamos.

RAMÓN GONZÁLEZ RODRÍGUEZ Vivían en la arte alta de la ciudad en una calle llamada Carrera de las Cruces porque una vez que se entra en ella cada cincuenta metros hay erigida una cruz de obra o de madera en donde se detenían durante las antiguas procesiones del Vía Crucis a hacer la correspondiente estación.

Yo tenía por allí una especie de amigo-enemigo al que llamaban Zoltan porque tenía cara de húngaro y se parecía a un personaje de Tebeo que llevaba ese nombre. Era este Zoltan un crío, parece que sin familia, y que vivía medio asalvajado en una de aquellas cuevas del barrio. Competía conmigo en los desafíos del fútbol y era temido por peligroso y violento, tanto de hechos como de palabras, pero a mí me respetaba, nunca llegué a saber por qué, e incluso cuando me veía por las calles del centro me saludaba con un silbido único y exclusivo como de dedicatoria especial que yo agradecía con toda mi alma.

Así que cada sábado padres y niños, todos de la mano, enfilábamos la calle arriba con una calma estudiada en dirección a la dicha Carrera. Las familias tomaban el fresco en las puertas de sus casas y en cada esquina había corros de mujeres y niños con los cántaros y botijos rebosantes, sudando por todos sus poros el agua fresca del caño. Los aviones y las golondrinas surcaban el cielo locos en todas direcciones y por los callejones se adentraba en la calle principal olor a hierba verde procedente de todos los puntos del universo.

Mi tío Manuel y sus tres hijos trabajaban en la Renfe desde toda la vida. Y la casa daba buena prueba de ello, pues nada más enfilar la calle ya se adivinaba allá al fondo en la puerta de su casa la esterilla, la única que se había en toda la carrera con el rótulo de Renfe bien evidente. Las bisagras con que la puerta estaba sujeta a la pared llamaban la atención por lo sólidas y férreas que se veían, de Renfe, por supuesto. Rejillas por el suelo, persianas y quitasoles, cuadros de ciudades y paisajes españoles y las cortinas de las ventanas. Incluso la pintura que le habían pasado a los muebles era a prueba de vientos y soles tórridos, tal como la que llevan impregnada las traviesas de la vía férrea. Todo daba allá dentro gran sensación de solidez y reciedumbre, incluso si te descuidabas mentalmente y se te iba el santo al cielo con tus fantasías, podías sentir la sensación de que ibas en movimiento o subiendo un puerto estremecido por mil vaivenes.

Todo esto lo sé porque algunas veces fui de día y lo vi con mi ojos, porque cuando llegábamos el sábado por la noche, ellos veían la tele con el volumen apagado, lo mismo que la luz eléctrica, porque decían que podían saltar los plomos, pero en realidad era porque había que ahorrar. De modo que nos adentrábamos en la oscuridad del portal, allí mismo donde estaban sentados ellos con la muda televisión enfrente. A tientas nos besábamos, y conocíamos quien era cada cual por el olor de la boca de cada uno de ellos, y después de recuperarnos nos acomodábamos como podíamos intentando buscar con las manos algún lugar donde hubiera algo blando en que apoyar nuestros pequeños corpachones de mozos en desarrollo perezoso, pues no había mucho abono para esclarecer ni estirajar los cuerpos en edad tan crítica.

A veces alguno de mis hermanos pequeños musitaba algo en la oscuridad y se oía un chasquido. Era sin duda de mi padre porque era zurdo y los chasquidos zurdos suenan distinto de los derechos, dejan más eco en el aire y más escozor en el cuello; se ve que pediría agua o ir a la cuadra a hacer sus necesidades. Hasta que a los pocos segundos se instauraba un silencio y una calma total.

Entonces empezaba la auténtica ceremonia sabatina, el auténtico festín y el deleite de los sentidos. Sin hacer ostentación de gestos porque a pesar de la oscuridad los ojos ya comenzaban a distinguir bultos, todos girábamos la cabeza sigilosamente hacia la puerta que se adivinaba la izquierda de la habitación en que estábamos. Agitábamos con maestría y con fruición contenida las aletas de la nariz repetidas veces y empezaba la magia.

Como de un maravilloso manantial de felicidad reservado sólo para nosotros comenzaba a afluir desde detrás de la puerta un aroma a jamón serrano entreverado en magro que penetraba por todos y cada uno de los poros de nuestros cuerpos nutriéndolos de salvífica armonía, de paisajes llenos de colorido y de músicas propias de un paraíso que no hacía falta evocar ni imaginar porque estaba allí mismo, detrás de aquella puerta requetepintada con el rojo oscuro Renfe como para evitar que escapara el jamón o el olor del jamón.

Mi hermana pequeña, aquejada de raquitismo crónico la pobre, apenas podía contener las lágrimas de placer y yo oía la lucha sorda que mantenía con sus ojos para no espurrear en lágrimas inútiles por aquel suelo plagado de rejillas lo que había metido ya adentro, y a mi madre, la entreveía con la cabeza medio doblada ya, aturdida por las primeras resopladas de aletas que hizo con tanta hambre como traía después de la caminata cuesta arriba, pero el silencio y la abstracción presidían aquella oscuridad celestial y aquel glorioso banquete aspirado y mudo .

La vuelta a casa la hacíamos cuesta abajo y cada uno por libre. Si bien llevábamos una distancia prudencial para no perdernos por las calles apagadas, cada uno iba andando como podía, con los ojos semientornados, con los belfos aún abiertos en estado de éxtasis, con el rostro dirigido al cielo estrellado, y con la duda de si nos habíamos despedido debidamente de la tita Torcuata y los primos, o si habíamos salido a las buenas de Dios.

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