JAVIER CUERVO
Es una historia educativa y alegre de principio a fin, desde que se sabe que el presidente de los valencianos viste de gorra hasta que gana por dos a uno en Mestalla que no haya delito en ello. Por el medio hemos visto actitudes ejemplares del hombre que estaba loco porque se supiera la verdad y contribuía a ello diciendo que había pagado en metálico cada traje con dinero de la farmacia de su mujer aunque ahora que no se aprecia delito acepta que se los regalaron. La sentencia ha sido ejemplarizante: no hay cohecho ni activo ni pasivo. Como no hay pena, hay gloria. (Habeis perdido, sociatas). En el juicio paralelo siguen las deliberaciones a puerta abierta y discuten hasta los ujieres porque nadie les regala nada y si quieren una visera de la caja de ahorros tienen que hacer cola. (Cuánto resentimiento).
Como se aprecia más el poder que la generosidad, hemos visto cómo se aclama al que recibe los regalos –¡presidente, presidente!– no al que los da: ¡Bigotes, Bigotes!
Sólo El Bigotes regala porque sí, porque es detallista, por ser querido (“Te quiero mucho”, le confesaba Camps). Está en sus conversaciones que mandaba regalos a los poderosos le dieran negocio o no. Le enviaba bolsos de marca a Rita Barberá, alcaldesa de Valencia, aunque ni siquiera le dijera que lo quería. Ella entendía muy bien su generosidad: cogía el bolso sin dar nada a cambio, sin sospecha de cohecho, sin ablandar su corazón, sin mover su voluntad. Pensaba seguir cogiéndolos y llevándolos. Rita, Rita, lo que se da... Y cuando creyó que, con el debate, corrían peligro se agarró a ellos como cualquier mujer que teme que le quiten el bolso.
Nos hemos enterado de que toda esta escandalera no resta votos. Al contrario, moviliza. Ya habrán tomado nota los equipos de estrategia y en cuanto el PP necesite un punto más sólo tiene que ponerse bajo sospecha. Ejemplar todo, oé, oé, oé.