RAMÓN GONZALO RODRÍGUEZ
Cuando uno ojea la prensa en verano llama la atención la atiborrante cantidad de fastos y eventos que en ella se anuncian y que llevan la etiqueta de "cultural" pegada en el morrillo, como si esa palabra fuese una especie de salvoconducto que le confiriera al acto una nobleza y un sello de distinción que lo elevara a la categoría de selecto. Igual da que se trate de una velada flamenca protagonizada por "pegavoces" locales, que una representación teatral realizada por un grupo de voluntariosos aficionados, una lectura poética, una mesa redonda, o un concierto de jazz progresivo.
Existen por todos lados asociaciones culturales, colegios profesionales, centros cívicos, fundaciones, galerías de arte, patronatos, asociaciones de mujeres separadas, maltratadas, de emigrantes retornados, o de fumadores y ludópatas rehabilitados. Dondequiera que vayamos nos encontraremos con carteles pegados a un humilde palo de la luz o en una esquina desconchada llamando con ahínco al acontecimiento cultural de primera magnitud y por supuesto de máxima oportunidad. El cúlmen de las ínfulas culturales llega con la creación de las populares, concurridas y bien remuneradas Universidades de Verano. Se trata de una institución que como todo el mundo sabe florece cerca de balnearios, chiringuitos playeros, y a veces adosadas a salas de bossa nova y de salsa bullanguera con mulatas de cartón piedra enseñando el ombligo.
En los últimos decenios se ha formado ante nuestra vista una subcultura que funciona como en la Edad Media: Cantantes ambulantes que repiten con entusiasmo una y otra vez las mimas estrofas y los mismas "improvisadas" arengas, conferenciantes peregrinos en chanclas, pero armados de trucos retóricos, que han memorizado el discurso momentos antes en el hall del hotel, poetas que han rematado los últimos versos del poemario en el avión o en el autobús, según su caché, hoy en una playa del sur, pasado mañana en una Universidad a la vera del Cantábrico, o al fresquito de cualquier pueblo serrano adornado y ennoblecido para la ocasión con un llamativo cartel de Universidad de Verano. Este fenómeno incluso nos retrotrae a la Grecia de los sofistas cuando los artistas de la palabra iban por las polis y aldeas y, a cambio de una discreta remuneración, eran capaces de soltar un discurso sobre cualquier tema sin importar la tesis que defendiese, eso sí, el discurso tenía que estar perfectamente elaborado.
Es como si estos mensajeros de la verdad creyeran que vivimos en un mundo sin medios de comunicación y ellos aparecieran como unos enchancletados Mesías de la verdad suprema. Y lo más sorprendente es que ocurre tanto entre un público de pardillos que se quieren actualizar urgentemente en cualquier movimiento musical o alternativo emergente, como entre expertos en cualquier rama del saber que quieren enriquecer con un punto de precisión y actualidad sus conocimientos sobre tal o cual poeta o sobre un descubrimiento inesperado de la ciencia.
Para que funcione este entramado aparentemente festivo y superficial se ha creado todo un complejo de mediadores y plantillas cuyo presupuesto ni se discute porque la etiqueta "cultural" conlleva un halo de nobleza que como un manto protector lo justifica todo.
Pero la duda surge en el por qué de este entusiasmo veraniego. El asistir a una Universidad de Verano supone dejar el hogar, abandonar hijos, si los hubiere, con el único fin de asistir a los nuevos lugares de culto, normalmente espacios adaptados: castillos, palacetes, casonas…, engalanados para la ocasión con muebles kitsch que aparentan solera pero aún huelen a plástico, con el único fin de oír argumentos, poemas o excursos ya sabidos y conocidos, o que se pueden encontrar perfectamente en cualquier librería, en prensa, o en la red.
Por desgracia lo que ocurre es que estos encuentros la transmisión del saber no se da porque si bien el alumno asistente acude con deseos ardientes de conocer al conferenciante, este convertido en profesional de la improvisación tiene ya establecida su ruta estival, maneja sus propios tics, sabe qué tipo de observaciones le van a hacer, y en el tiempo que dura un parpadeo sabe el tipo de audiencia que tiene. En todos estos maestros lo que prevalece es el afán de seducción más que de discusión. Abundan los que quieren hacer escuela imponiendo un estilo propio, otros que seducen con un amasijo de promesas fáciles e inmediatas, y los que elaboran pegadizos eslóganes para movilizar adeptos. Contar en estos lugares con verdaderos maestros que sean capaces de hacer dudar y poner en crisis lo que ya se sabe es casi imposible porque la carretera y el hotel esperan al recitador. Y esto repetido año tras año con los mismos resultados y frustraciones.
Nos preguntamos ¿no se tratará más bien de alguna reacción en busca de la sociabilidad que se ha extinguido? ¿No se tratará de la necesidad de ver con los propios ojos lo que aparece en los medios, como una necesidad quasi animal de tocar, palpar, rozar, de "sentir con los sentidos" toda la información corporal que se transmite más allá de lo puramente intelectual?
Sea como fuere parece que los adjetivos "superfluo" o "comercial" resultan mucho más adecuados que el de "cultural".