DEL CAÑO AL CORO

Mi cuerpo no es mío

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Quien quiera ser dueño de su cuerpo y ejercer tal dominio de manera real y efectiva, que lo pague. Nos hemos convertido en un lujo, a menudo inalcanzable para nosotros mismos

JOSÉ VICENTE PASCUAL El discurso progresista de los años sesenta y setenta del siglo pasado sobre el "derecho al propio cuerpo", coincidía aproximadamente con la reivindicación decimonónica del socialismo utópico y el anarquismo didactista sobre el amor libre, la liberación de la mujer, la bondad natural del ser humano expresada en el nudismo y otros candorosos inventos ideológicos que tuvieron muy poca influencia real en la vida de las personas corrientes. Aunque, eso sí: pasado el tiempo, y ya en el imperio teórico del socialismo científico, es decir, el marxismo a cara perro, muchas fervorosas adeptas al "amor libre" se reciclaron en perfectas esclavas sexuales de los camaradas más exigentes en la materia. No acostarse con él era reaccionario. Recuerdo a un pintoresco secretario general de una organización ultraizquierdista, el cual, cada vez que viajaba a nuestra ciudad, ejercía implacablemente el derecho de pernada. Cualquiera le negaba tálamo y coyunda a aquel iluminado de la revolución, vamos, como si la Virgen María le hubiese dado calabazas al Espíritu Santo. Por cierto, el menda venía mucho por aquí, como parece lógico: cuando un tonto da con un habal, se queda hasta que se acaban las habas.

Aparte de los instalados en el poder –aunque fuese el sórdido poder que se ejerce en una secta de visionarios semiadolescentes, semileninistas y semicuerdos–, también les fue de maravilla a los camaradas más garbosos y mejor plantados desde el punto de vista del atractivo varonil. Los grandes perjudicados de la revolución sexual fueron los feos. Ni reconvirtiéndose en activos –o pasivos– propagadores de la causa homosexual se comían un colín. Demonios, muchas camaradas feas o agraciadas –lo mismo daba–?se liberaban de lo lindo, con una fruición rayana en la contumacia, pero siempre con los mismos guaperas. Los bajitos, con granos, escuchimizados, gordos fondones o afectados de olor a pies se quedaban a dos velas en asunto de tanta trascendencia. Lo que demuestra, entre otras cosas, que en materia de fornicio no valen doctrinas y, a más inri, "palo que no aguanta vela ni es palo ni el viento te lleva", se sea de izquierdas, de derechas o de centro democrático. Dicho sea esto último sin animo de hacer un mal chiste sobre lo populosamente democratizadas que quedaron algunas visectrices de la época. Oh, tempora.

Las modas pasan, pero las limitaciones del individuo siempre persisten. Hoy, por ejemplo, todo el mundo tiene derecho al propio cuerpo, aunque seguimos sin ser dueños de ningún cuerpo, ni tan siquiera del nuestro. Por fortuna la carcasa ha dejado de estar colectivizada, pero no así el compendio ideológico que la sostiene. La salud y la estética son los nuevos propietarios de la carne mortal, donde habita el espíritu. Las normas higiénicas que afectan al cuido de la salud, no fumar ante todo, llevar una vida ´sana´, cuidar la alimentación, hacer ejercicio y et cétera, han evolucionado notablemente: ya no son un consejo médico sino una prescripción social permanente, cuya inobservancia nos hace sospechosos de insolidaridad en el reparto de los presupuestos públicos; lo que gastamos en atenciones médicas por culpa de nuestra dejadez y pernicioso estilo de vida, se lo quitamos a la seguridad social, fondos muy precisos para atender a quien de verdad los necesita. Cada vez que voy al médico y me reconozco fumador, me mira como un juez dictando cadena perpetua: "Por culpa de pendejos como tú aún no se ha descubierto la vacuna contra el cáncer". O algo parecido debe pensar el hombre.

Un servidor, que a pesar de sus nocivos hábitos tiene un físico envidiable, no precisa matarse en el gimnasio, ni sudar en carreras de fondo mañaneras ni nada que se le parezca. Con la bici y la esmerada práctica de los deportes de alcoba me voy defendiendo. Mas reconozco que me da mucha pena ver a mis vecinas echando el hígado y malmoviendo las lorzas en el gimnasio de la esquina, con la vana ilusión de transmutar los noventa tomos del Espasa acumulados en caderas, pistoleras y muslámenes, en gráciles curvas a lo Halle Berry. Pobres mías. Más de una acabará en manos del moderno sacamantecas, el cirujano dermoestético. La liposucción, estiramiento y renovación volumétrica son los nuevos principios elementales de la ideología liberadora sobre el propio cuerpo. Al final, y como siempre, el mercado ha impuesto su ley. Quien quiera ser dueño de su cuerpo y ejercer tal dominio de manera real y efectiva, que lo pague. Nos hemos convertido en un lujo, a menudo inalcanzable para nosotros mismos.

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