OLALLA CASTRO
La soledad no existe. La soledad está llena de gente, sitiada por los otros. Somos ya y desde siempre pura polifonía, diálogo cruzado de todas las voces que hicieron nuestra historia, que nos habitan conformando eso que nos empeñamos en llamar voz propia, pensamiento, y que no es más que una amalgama de voces ajenas que nos entrecruzan, el eco de un diálogo interminable que comenzó mucho antes que nosotros. Que nunca estamos solos, que nunca fuimos uno, es algo que sólo a solas se descubre. Cuando no hay nadie en casa y dejamos sonar nuestro disco preferido, cuando abrimos las páginas de un libro.
No es sólo que cada libro, cada canción, arrastre de por sí una presencia humana, la de ése o esos otros que compusieron o escribieron y que están ahí, sentados en nuestro sofá, hablando, cada cual a su modo, con nosotros. Es algo más: son todas las voces que el autor fue y que respiran en la obra, reunidas en torno a todas las voces que acompañan al lector en su silencio; es una tertulia inmensa donde padres, vecinos, hermanos, amantes, amigos, narradores, músicos, filósofos, poetas, todos los hablantes, se congregan.
Por eso leer es siempre estar en buena compañía, establecer un diálogo con lo humano en el que intuimos más que nunca cuán antiguo, viejo y compartido es cada uno de nuestros pensamientos, qué minúscula, diminuta es la parcela de lo propio, de lo original, del concepto de individuo que sostuvo el nacimiento del capitalismo. En una sociedad cada vez más tendente al narcisismo, al enaltecimiento de un sujeto al que desde todos los frentes se le insta a tener gustos propios, opiniones propias, posesiones propias, cuanto más exclusivas y excepcionales mejor, donde la ilusión de lo único, de lo especial, de aquello que pueda distinguirnos es el más efectivo gancho publicitario, en un mundo donde la masa indiferenciada lucha por distinguirse del resto a golpe de talón (en la industria de la moda, los automóviles, la alimentación, se nos llama a reafirmar una identidad propia y única consumiendo lo que los demás no pueden consumir), leer te devuelve la perspectiva, la conciencia del otro en la conformación del yo.
Y, lejos de ser descorazonador, resulta alentador sentirte tan bien acompañado, y saber que, si nunca hicimos solos el camino, pudimos, podemos elegir a qué voces oír, qué vale la pena conservar de ese diálogo que nos entrecruza, de esos otros que nos hacen ser lo que somos. Sabiéndonos portadores de una herencia de siglos, elegir si queremos creernos mejores, diferentes, por ser la suma de los objetos, los programas, los discursos que consumimos a diario, o si queremos hundirnos en la historia, sumarnos a ese diálogo que la música y la literatura, lejos de negar, utilizan como material, y añadir la nuestra, sabiendo que también es la suya, a ese baile de voces infinito que constituye lo humano.