JOSÉ LUIS SERRANO
No es sólo que haya habido dos violaciones, es que en Isla Cristina y en Baena hay dos niñas violadas. Con muy poco esfuerzo, podemos imaginar su dolor y el de sus padres. Compadecer es ´sufrir con´ y nadie de recta conciencia puede evitar ponerse en el lugar de la víctima. Pero además, como ciudadanos, tenemos que mirar al violador. Exigir la eficacia policial, la condena judicial, el cumplimiento de la condena y la prevención. En estos dos casos, el debate ciudadano y la comunicación social se han visto sacudidos por un dato terrible: entre los violadores hay menores.
Dos exigencias han cobrado fuerza enseguida: una la de rebajar la edad penal a los doce años. Otra, la de culpar al sistema educativo. La primera es discutible, la segunda sorprendente. El sistema educativo, como todos los sistemas de la sociedad, tiene límites estructurales que, a veces, la sociedad no sabe ver. Por ejemplo, la escuela, el instituto y la universidad no pueden transmitir formación, sólo información.
La razón es que, a diferencia de la información, la formación no se puede producir. Es un subproducto. Como el sueño con relación a la vigilia. Si te empeñas en dormir es probable incluso que logres insomnio. Si los profesores nos empeñamos en formar en lugar de informar, es probable que logremos deformes morales. No digo yo que la relación entre las violaciones y el sistema educativo sea la misma que hay entre la velocidad y el tocino. Pero sí digo que es sorprendente que los medios de comunicación le pregunten al ministro de Educación por las medidas que piensa adoptar, frente a las violaciones.
¿Por qué no le preguntan al ministro de Interior o al de Justicia? Ya sé que todos somos responsables de todo, pero también todos somos víctimas de todo. Así que para prevenir y castigar a violadores habrá que reformar lo que haya que reformar, pero no el sistema educativo. Si la sociedad se empeña en exigir a sus profesores que formen en valores generales y se olviden de sus especialidades teóricas o técnicas, si se empeña en que sus matemáticos o historiadores se transformen en clérigos solícitos, entonces es probable que logre el efecto paradójico de que los químicos y los filólogos pierdan toda capacidad formativa.