JAVIER CUERVO
Hay personas a las que no les basta con vivir para sentirse vivos. Suelen ser gente que está muy sana, que se encuentra algo aburrida y que gusta de disfrutar con drogas endógenas como la adrenalina. La adrenalina se dispara con el estrés; el estrés se enciende con el peligro y el peligro por excelencia es la muerte. Para sentirse vivos, los adictos a la adrenalina tienen que llegar a sentirse al borde de la muerte. Al cuerpo se le puede engañar con peligros de simulacro.
Los parques de atracciones ofrecen aceleraciones de cohete, alturas vertiginosas y caídas controladas. Aunque parece que por unos segundos convierten nuestra vida en la de un dibujo animado en realidad están agitando nuestra química para producirnos drogas internas con un susto sin muerte. La principal responsabilidad que se les exige es la seguridad y su primer trabajo el mantenimiento. Pero esas dosis no sirven para los enganchados a la adrenalina porque sin peligro de muerte no hay estrés que riegue de adrenalina… porque sin peligro de muerte no tienen manera de sentirse vivos.
Ingenios voladores. Así vemos personas colgadas de ingenios voladores a merced de impredecibles corrientes de aire, otras que usan de peine la velocidad que puede alcanzar su moto en una carretera de la costa y otras que corren delante de media tonelada de animal asustado rematado en cuernos puntiagudos. Hombres y mujeres que escalan setenta metros de precipicio con las uñas de manos y pies, descienden cumbres sobre un esquí por la ladera más escarpada perseguidos por un alud o que nadan entre cocodrilos para escapar de venablos empapados en curare.
Hay que aclarar que se sienten vivos si no mueren. De los muertos sólo sabemos que no sienten pero seguro que si quisieran sentirse vivos escogerían cualquier conducta rutinaria, el café de la mañana, comprar un pastel el domingo. Los que les parecemos tan muertos a los que tienen tanta necesidad de “sentirse vivos” nos vemos enfrentados a la vida, queramos o no, sólo porque es verano. Saliendo de un baño de mar o sentados en una terraza al atardecer, nos oímos decir: “Esto es vida”.