RAMÓN GONZALO RODRÍGUEZ
Teníamos en casa una silla que pertenecía exclusivamente a mi abuela. Ella, a su vez, la había heredado de mi bisabuela. No sabíamos los años que tendría (la silla) porque nos faltaban números para calcularlo, pero la enea se la veía deshilachada y colgandera, y la madera blanca casi se podía abollar con las manos de tantas friegas que le habían dado con lejía.
Siempre estaba en el mismo rincón de la habitación que usábamos de comedor, "salita de estar" (por decir algo), cocina, y a veces hasta de cuarto de aseo cuando había que acercarle a la abuela la escupidera para que hiciera en ella sus necesidades, pues la letrina que
usábamos para lo propio estaba veinticinco escaleras más abajo.
Como ningún adulto se sentaba en ella ninguno de nosotros osó poner allí sus posaderas mientras la abuela vivió, pensando que eso acaso sería un signo de respeto.
Tanto a mí como a mis tres hermanos nos llamaba la atención y nos producía una risa contagiosa cada vez que, arrastrando los pies, venía a sentarse, a la hora en que mi madre abría el balcón y entraba el fresco de la calle recién regada por los vecinos con cubetas de agua.
Nada más sentarse era presa de unos movimientos convulsos y continuados como si estuviera pasando por ella un terremoto de mediana intensidad que la hacía cabritear de forma cómica, con todos los refajos subidos a media pierna, los caireles colgándole por allí dentro y el roete a punto de deshacérsele, hasta que al final, agotada ya, le quedaba en el rostro una expresión de ensimismamiento y de placer místico.
Cada vez que iba en dirección a la silla decía: –Voy al Pulgatorio– con aquel aire socarrón que tenía al que no le era ajeno un enorme bigote blanco que ostentaba en el belfo.
Entrecerraba entonces los ojos mirando el cuadro que había enfrente y entraba en un estado de arrobamiento que nos tenía asustados hasta el extremo de que la media onza de chocolate que mi madre nos daba para merendar acababa derretida en las manos, y había que chupar dedos en vez de morder chocolate.
Nosotros mirábamos también el cuadro con cara de sobrecogimiento: hombres y mujeres de largas melenas que les ocultaban su desnudez ardían en medio de un fuego atroz, mientras que del cielo se descolgaba la mano de un Dios salvador que les ofrecía su ayuda.
Una tarde de julio se presentó en casa una desconocida y pintarrajeada señora de la alta sociedad local, justo cuando no estaba mi madre y la abuela dormía en su cuarto, agotada después de su éxtasis cotidiano.
Nosotros al ver aquella señora tan inusualmente elegante y enjoyada que desprendía sonidos metálicos a la par que un enervante aroma primaveral nos quedamos mudos.
Portaba un bloc y un Parker y ello nos puso muy contentos pues pensamos que por fin la parroquia, o el obispado se habían acordado de nuestra peticiones y nos mandaba una ayudita.
Después de permanecer un buen rato de pie mi hermana pequeña con la inocencia propia de sus cinco añitos le dijo. –Siéntate ahí en el Pulgatorio. –¿Dónde hija?–, repuso la perfumada señora.
–Ahí en el Pulgatorio. –Se dice Purgatorio, Pur-ga-to-rio, y se santiguó dos veces seguidas mirando al cuadro con sus ojos cubiertos de rimel.
Y se sentó. El bloc le tapaba las rodillas y no paraba de darle al muelle del Parker. Parecía incómoda o nerviosa.
Nosotros también estábamos nerviosos por la tardanza de mi madre y por los sonidos más que comprometedores que salían del cuarto de la abuela.
El primer salto que dio fue solo un aviso, pero la color del rostro le devino lívida; y mientras pensaba qué le habría ocurrido, vino el segundo respingo acompañado ahora de un grito apagado. Y otro salto.
Y ya metida en danzas inició una suerte de contoneo acompañado de manos arriba y en molinete que tenían más de salvaje "Zarda húngara a la luz de la luna" que de baile de salón. A la pobre se le descompuso el rostro, y creemos que algo más pues aquel olor no era el de mi abuela que ése sí que lo conocíamos bien.
–¡Dios mío! – gritó entonces desesperada–, ¿pero qué clase de monstruos hay metidos en esta silla?
Nosotros no pudimos contener la carcajada. A mi hermano, como era habitual cada vez que reía, se le salieron los mocos, tanto que casi le llegaban al suelo y se balanceaban peligrosamente cerca de la señora ahora con la color roja y morada.
Y sin más salió corriendo, sin parar de darse pellizcos en el culo y portando con ella su bloc, su Parker, y nuestras esperanzas de alegrar la despensa.
Miramos la silla con aire de reprobación y la odiamos más que nunca.
Cuando mi padre llegó por la noche, preguntó enseguida. –¿Es que no ha venido doña Marta, la mujer del juez?
–Sí, pero se fue sin preguntarnos lo que necesitábamos y sin dejarnos nada– dije yo.
–¿Y qué os iba a dejar? Si, como sabe que mamá es gallega a lo que venía era a que le explicara los pasos de la muñeira para participar en un concurso de bailes regionales.
–Pues la muñeira no–, soltó mi otra hermana– , pero el baile del Pulgatorio sí que lo ha aprendido bien y ése es de los que no se olvida fácilmente.
¡Cualquiera sabe por donde andará la silla ahora si es que queda algo de ella!