JUAN PINILLA
Desde que aterrizamos en esta ciudad hemos oído ininterrumpidamente el runruneo desilusionado de artistas nacidos en la tierra y afines al arte sobre como los tratan aquí. Parándonos a contar, vemos que, a pesar de ser una ciudad pequeña, el número de artistas e intelectuales que ha aportado Granada a la historia ha sido y sigue siendo considerable. Pero ¿qué ocurrirá en esta ciudad para con sus artistas? ¿Por qué la mayoría buscan el autodestierro? ¿Por qué se sienten poco queridos o valorados? Sería muy tópico decir que desde que asesinaron a Lorca cayó una maldición sobre el arte en esta ciudad, porque quizá la cosa venga de más atrás o más adelante, que no se sabe.
El caso es que poetas, pintores, músicos, bailaores y artistas de la cosa artística se encuentran disgregados por Madrid y el extranjero, principalmente, porque aquí en Granada no encuentran, o no les dan, el calor que necesitan, o porque esta ciudad de las reticencias y la envidia mezquina, en vez de alegrarse de los éxitos de sus conciudadanos, va directamente a la yugular. Ya ocurre en política, donde no aparece ni aparecerá nunca un debate elegante en torno a ningún asunto, y donde cualquier buena idea es aplastada enseguida.
Hace poco oímos decir al poeta jienense Manuel Ruiz Amezcua que se iba de esta ciudad porque después de un lustro no había conseguido sentirse a gusto. No es el primer literato que se larga de aquí, ya lo hizo Lorca en sus años (volvió y lo asesinaron), Luis García Montero en nuestros días, y una copiosa nómina de artistas diversos como Juan de Loxa, Eva ´La Yerbabuena´, Miguel Ríos, Blanca Li o el mismo Ayala, sin ir más lejos.
Granada es una ciudad hermosa, sublime, y nunca diremos que la ciudad, esa que nos tiene enamorados, empuja a sus hijos más ilustres a irse hacia otros lares, porque Granada es sinónimo de arte, si no más bien Granada como extensión de sus habitantes, como pueblo. Dice Antonio Enrique en su libro hermético que estamos constantemente vibrando por el efecto de los metales que duermen bajo los cimientos de esta ciudad milenaria, y no sabemos si es esa vibración la que provoca efectos malafoioskis en algunos de nuestros vecinos, que son los que luego se encargan de imprimir con su carácter ese color gris a la ciudad que Víctor Hugo llamó ´la pomme de la beauté´.