FRANCISCO GIL CRAVIOTTO
Hace algunas semanas, en un comentario a uno de mis artículos (ya saben, esos comentarios a los "blogs" de internet), alguien me aconsejaba que leyera. Tengo que reconocer que el consejo es sabio y digno de agradecimiento. Ocurre además que es el mismo que yo suelo dar a todos los jóvenes que comienzan a escribir y me piden orientación. Primero leer, les digo, leer muchísimo, sobre todo a los clásicos –tanto a los clásicos antiguos como a los modernos–; después, cuando esas lecturas hayan reposado en la mente, decidirse a escribir.
En el caso de mi consejero, espontáneo y anónimo consejero que firma con seudónimo y jamás le conoceré el rostro, ocurre que riega sobre mojado. Riega sobre mojado, porque leer es lo que vengo haciendo desde mi niñez. De los tres verbos con los que, de una manera muy somera, se podría resumir toda mi existencia –leer, escribir y enseñar–, el primero de ellos es, precisamente, ése: leer. Comencé a practicarlo en aquellos días azules de la infancia, con los cuentos de Calleja; después, llegada la adolescencia, fueron los libros de viajes y aventuras; y, en cuanto di el paso a la edad adulta, todos los autores, todos los géneros, pero con ciertas preferencias que poco a poco mi mente fue realizando. Por qué en la cumbre de esas preferencias se encuentran Cervantes, Galdós, Baroja, Voltaire, André Gide, Mirbeau, Machado o Juan Ramón. Es algo, tan sutil e íntimo, que sería muy difícil explicar. Tan sutil e inexplicable como el caso contrario: los autores que, desde la primera página, se me han hecho cuesta arriba. No merece la pena recordarlos. Cuestión de gustos, acaso algo más.
Creo que, si todos los libros y publicaciones que he leído –unos comprados, otros –la mayoría– propiedad de diversas bibliotecas–, se pudiesen reunir, no cabrían en este piso ni en dos pisos como éste. Sin embargo estos miles de libros no son ni el uno por ciento de todo lo que yo debería haber leído, de todo lo que me hubiera gustado haber leído. Serían necesarias tres o cuatro existencias para poder llegar tan sólo a la mitad. Una razón más para lamentar la brevedad de nuestras vidas.
También creo recordar que este mismo consejero –o tal vez era otro, para el caso es igual–, me exhortaba a dejar de leer los libros de Voltaire. Esto venía a cuento de que, en el artículo mío que él comentaba y criticaba, yo había introducido una cita de Voltaire y esto le sonaba a rancio y viejo. Esta vez no puedo darle la razón a mi improvisado consejero y, aún sintiendo mucho defraudarle, yo seguiré releyendo a Voltaire. Contrariamente a lo que piensa mi consejero, la mayor parte del mensaje que nos dejó Voltaire continúa vivo, asombrosamente vivo. Ese es el milagro de los clásicos: ellos mueren, pero su obra, la esencialidad de su obra, queda eternamente viva.
Es muy fácil comprobarlo. Vamos a abrir el Quijote. ¡Qué casualidad! Lo hemos abierto por la página en que los dos protagonistas abandonan el palacio de los duques, donde la comida era abundante, pero la libertad escasa. Don Quijote hace el siguiente comentario: "La libertad, amigo Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre". ¿Habrá alguien que se atreva a decir que estas palabras han perdido actualidad, que suenan a rancio? Repitamos la prueba. Cerramos el libro y volvemos a abrirlo.
Ahora don Quijote y Sancho andan buscando por el Toboso la casa de Dulcinea. Después de errar por varias calles, ven un edificio que acaso pueda ser, pero al fin se dan cuenta de que se han equivocado. Don Quijote comenta el error con esta frase memorable: Con la iglesia hemos dado, amigo Sancho. Basta escribir la palabra Iglesia con mayúscula para que la frase tenga, entonces como ahora, toda su implacable actualidad. Que se lo pregunten a Galileo, que se lo pregunten a todos los abrasados en las hogueras de la Inquisición, que se lo pregunten a los científicos que trabajan con las células madre. Así podríamos continuar.
Hagamos la misma prueba con Voltaire. Vamos a abrir su libro Cándido –la obra más conocida en España de Voltaire– por cualquiera de sus páginas. Aparece la página 12 de la edición de Hachette que yo tengo. Panglos, profesor de metafísica y teología, intenta demostrar a su joven discípulo Cándido la perfección de este mundo. Traduzco sobre la marcha: Está demostrado, decía, que las cosas no pueden ser de otra manera: pues todo ha sido hecho con un fin, todo es necesariamente para lo mejor. Observe que la nariz ha sido hecha para llevar las gafas, y nosotros tenemos gafas.
Las piernas han sido creadas para ser calzadas, y nosotros tenemos calzones. No es necesario seguir la ridícula lista de las perfecciones de este mundo. Yo oí decir a una beata que Dios, en su infinita sabiduría, había creado los mosquitos para que, soportando sus picaduras, los humanos podamos ganar méritos para el Cielo. Si la hubiera conocido Voltaire se habría quedado pasmado. Más aún si hubiera leído esta aseveración que leí en cierta publicación: "Los pobres están para que los ricos puedan ejercer sobre ellos la caridad". Hacemos otra prueba. Ahora abrimos el libro por la página 20. Traduzco de nuevo: Nada había tan hermoso, tan elegante, tan brillante, tan deliciosamente bien ordenado como los dos ejércitos.
Las trompetas, los pínfanos, los oboes, los tambores, los cañones, formaban tal armonía que no se hubiese encontrado nada igual ni en el infierno. Bastan estas cuatro líneas para calar en la ironía del autor: la delicia de los ejércitos es tan enorme que sólo en el infierno se puede encontrar algo parecido. ¿Habrán perdido actualidad estas cuatro y antimilitaristas líneas? ¿La habrán perdido las otras seis del ejemplo anterior? Desgraciadamente, no. Ni uno ni otro: mientras existan guerras y ejércitos este texto continuará vigente, eternamente vigente, denunciando con su ironía el horror de la matanza.
Mientras existan personas idiotas –o maliciosamente intencionadas–, que quieran hacernos creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que todo cuanto existe en él responde a una finalidad superior, las razones del profesor de metafísica y teología, continúan vivas –ridículamente vivas– y en plena actualidad.
Esa es la gran virtud de los clásicos: su mensaje no pasa, perdura a través de los siglos. Yo no dejaré de releer a Cervantes, yo no dejaré de leer y releer a Voltaire. La ranciedad que mi espontáneo consejero quiere ver en Voltaire –¿acaso puede presumir de haberlo leído?– sólo tiene una explicación: la ignorancia.