Granada abierta

Lo conocí en la batalla

 10:09  
Enviar
Imprimir
Aumentar el texto
Reducir el texto

JOSÉ ANTONIO APARICIO LÓPEZ Es verdad que vernos nos habíamos visto antes. La primera vez fue en la calle Duquesa 22, última planta de un edificio que había sustituido al que se construyó a principios del XIX para la Sociedad Económica de Amigos del País y que entonces albergaba a la Delegación provincial de Educación y Ciencia. Luis era y ejercía de profesor de lengua y literatura en Loja. Yo también lo era y de lo mismo, aunque ejercía en aquellos entonces de coordinador provincial de programas de promoción educativa y de renovación pedagógica, entre estos últimos el de experimentación de la reforma educativa, hermosa aventura a la que nos había atraído a no sé si muchos pero sí que fervientes convencidos José María Maravall, ministro socialista del 82 al 86.

Planteaba Luis, como tantas muchas veces, la resolución de un dilema irreconciliable: quería adaptar e impartir su asignatura según lo dispuesto para el nuevo sistema, entonces en experimentación voluntaria, pero su centro ni había solicitado ni pensaba solicitar su incorporación al programa, así que, dado lo irrenunciable de su decisión personal y la premura de su práctica, sólo quedaban dos alternativas: o se le autorizaba a impartirla así en su centro (regladamente imposible y más aún con aquella inspección educativa, en su mayoría tan poco predispuesta para ningún cambio y quizá hasta menos para aquél), o se le incorporaba con la provisionalidad que fuese a un centro que estuviese experimentando (sólo posible con ocasión de vacante, que no era el caso).

No fue fácil. No se me ocurrió más que una forma (la que tantas veces después nos aplicamos el uno al otro): que fuera él quien buscara la solución, empezando por la de convencer a su centro para que lo solicitara, continuando con probar con el inspector de su zona y de sus superiores jerárquicos la excepcional autorización individual, o que convenciera a alguno de los profesores de lengua y literatura de los centros en experimentación de que se jubilara o se pusiera malo. En cualquiera de los casos comprometí mi apoyo firme. No hizo falta. Tiempos después nos reíamos con nostalgia.

Volví a verlo ocasionalmente en algunas reuniones de FETE-UGT y poco más tarde como secretario de organización de la misma, previa la intervención de Antonio Aranda, experto en encauzar inquietudes y amainar precipitaciones hasta como las de Luis, y que, mestizando inteligencia y corazón, se lo ganó a su vera por unos cuantos años. Fiel siempre a la lealtad a las ideas y a las personas, incluso a las que no le respondieron en la misma medida, acompañó a Antonio en el mismo puesto, lugar y ganas de ganar razón al frente de la Unión Provincial de UGT y con él estuvo hasta que Moratalla le pidió a Antonio primero que renunciara al trabajo pertinaz y a la entrega sin reposo de Luis para prestárselo en idéntico puesto en la Comisión Ejecutiva Provincial del PSOE, y segundo y más difícil: convencer al propio Luis de aceptarlo. Fue que sí y ahí, en esa batalla, lo conocí y nos conocimos. No fue fácil, pero fue. Y duró porque la relación anduvo siempre desnuda de mentiras.

Formé parte de esa ejecutiva provincial como titular de la secretaría de Educación y estoy seguro de que, por consejo pesadamente reiterado de Luis, Moratalla me pidió, y acepté sin pensarlo demasiado coordinar su campaña de ´primarias´ para encabezar la candidatura socialista al Ayuntamiento de Granada y luego la campaña electoral que lo situó en la alcaldía. Fue al inicio de ésta cuando puso Luis en mis manos el primer teléfono móvil que acogían (grandote y con una antena enana y rechoncha capaz de atiborrar cualquier bolsillo y descoserlo por todas sus costuras), verdad es que haciéndome firmar un papel con el día y hora en que me lo entregaba y advirtiéndome con vacilante sonrisa seria, dudoso seguramente de que se lo devolviera en el acto, que, si lo quería utilizar para llamadas particulares, me comprara otra tarjeta. Acabada la campaña, se lo devolví, verdad también que obligándole a firmar papelito similar con día, hora e inexistencia de saldo deudor.

Y, entre risas y seriedades, un pacto: "Apa, tú a la capital y yo no me meto. Lo que te haga falta dímelo y, si se puede, se hace. Aquí en la calle Águilas ahora mismo cabemos, pero, cuando esto avance, seguro que no; sería bueno que pensaras y buscaras un sitio sólo para la capital; un par de ordenadores y otro par de personas podríamos buscar para que te ayuden. Y, oye, que luego no digas que no te lo dije: la provincia me toca a mí y ni se subordina ni se sobrepone; la capital es muy importante, la provincia es imprescindible. Si en algo hace falta sumarnos nos sumamos y en lo que haga falta no tocarse, ni nos rozamos. Cuando haya problemas, nos llamamos y al terminar el día lo hablamos con unas cañas". No hubo problemas; sí hubo cañas. Y risas. Y conversaciones interminables.

Cuando todo acabó, un abrazo de los de verdad. De los de mentira teníamos las espaldas llenas. Y de besos la cara. Y de bastantes Judas al acecho. También lo proseguí hasta la tierra de Moriah, cuando Abraham, idiotizado por el halago de dioses minúsculos, de acólitos, decidió ofrecer a sus sucesivos Isaac sin ton ni son y sin que lo exigiera ni dios… pero esa travesía la contaré otro día. O no, morirá cuando yo también acabe de fumarme la vida.

Es verdad, no obstante, y valga como ilustrativo ejemplo la anécdota que ayer un buen amigo suyo me recordaba. Venía Luis frecuentemente a la oficina electoral de la capital a recabar tareas o decisiones rápidas, necesarias y, según él, siempre urgentes de nuestro general en aquella batalla. Ante su precipitación e insistencia por obtenerlas, dice este amigo que le dije: "Mira, Luis, en los primeros días que trabajé en la albañilería me encargó el maestro que le acercara al andamio argamasa y ladrillos, a lo que me apliqué en cuerpo y alma hasta que el padre del maestro, peón como yo pero curtido en mil tabiques, me llamó y me dijo: oye, niño, serénate, no corras tanto ni des tantos viajes; acerca ladrillos cuando veas que van faltando y calderetas de hormigón cuando veas que ya queda poco en la artesa que está gastando. Que le falte cabrea mucho a mi hijo y que le sobre le agobia. Hacerle caso me fue de maravilla". Vale, me dijo Luis, te lo dejo y tú lo vas acercando.

Interminable sería intentar narrarlo todo hoy, así que acabo por donde empecé: "lo conocí en la batalla", y continúo la canción de Juan Sin Tierra: "…y entre tanta balacera el que es revolucionario puede morir donde quiera". Justo lo que ha hecho Luis: fumarse, comerse, beberse y amar hasta el agotamiento precipitada y apasionadamente la vida, todas las vidas de su vida. Ni ha sido seguramente el único ni será probablemente el último. En eso también mi respeto y mi cariño.

COMPARTIR
 
  HEMEROTECA
  CONÓZCANOS:  CONTACTO |  LOCALIZACIÓN      PUBLICIDAD  CONTACTAR  
laopiniondegranada.es es un producto de Editorial Prensa Ibérica
Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos ofrecidos a través de este medio, salvo autorización expresa de laopiniondegranada.es. Así mismo, queda prohibida toda reproducción a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, Ley 23/2006 de la Propiedad intelectual.
 


  Aviso legal
  
  
Otros medios del grupo Editorial Prensa Ibérica
Diari de Girona  | Diario de Ibiza  | Diario de Mallorca  | Empordà  | Faro de Vigo  | Información  | La Opinión A Coruña  |  La Opinión de Málaga  | La Opinión de Murcia  | La Opinión de Tenerife  | La Opinión de Zamora  | La Provincia  |  La Nueva España  | Levante-EMV  | Mallorca Zeitung  | Regió 7  | Superdeporte  | The Adelaide Review  | 97.7 La Radio  | Blog Mis-Recetas  | Euroresidentes  | Lotería de Navidad