FRANCISCO ROMACHO
A muchos padres de ahora se les estropean los niños. Suele ocurrir en barrios también estropeados. Como aquel matrimonio de Mihura indignado con la vida que había puesto once niños (niños como cangrejos que se asustaban de las gitanas) y los once se le habían estropeado y los tuvieron que tirar en ese sitio que hay en las grandes capitales para tirar niños que se estropean.
En las barriadas de El Rocío en Isla Cristina y en la de San Pedro de Baena hay algunos niños estropeados. Nadie que se considere buen cristiano hubiera sabido nunca de la existencia de estos barrios estropeados en los que se consume mucha droga y las peleas entre los vecinos son constantes. Canutos a diario, coca cuando hay. Uno de los niños más estropeados de El Rocío ha contado, como una heroicidad, que se escaqueaba siempre a mitad del recreo para irse a fumar porros y luego nunca volvía. Estos barrios de gente irrelevante que habla con la boca llena y coloca en los tejados grandes antenas parabólicas sólo salen en los periódicos cuando los niños estropeados son detenidos por delitos que graban en los teléfonos móviles. En caso contrario la vida sigue su curso normal y los días se persiguen unos a otros entre drogas y peleas grabadas en teléfonos móviles de última generación.
El curso normal de la vida de estos barrios de casas bajitas y abuelas a las que se le han muerto todos los dientes, empieza por hacer novillos, fumarse los primeros porros y estropearse lo más rápidamente posible de tal manera que incluso antes de que el Estado, que suele ser un señor que lleva toga o uniforme, reconozca su mayoría de edad ya tengamos un delincuente con todas las de la ley. Es ciertamente raro pero la estadística, esa desalmada amante de los políticos, se empeña en confirmar que de estos barrios no salen niños ingenieros de caminos, ni niños conductores de conciencias, ni niños programadores de buscadores de felicidad.
Alarmados por el impacto periodístico de los delitos secuenciales de los niños estropeados, los señores ricos de los barrios altos buscan un hueco entre las últimas alegrías de sus cotizaciones en bolsa y las declaraciones a favor del despido libre para exigir al Gobierno( ya) que la edad penal se rebaje a los doce años. Y los políticos y los periódicos de los ricos de los barrios altos salen con grandes alarmas sobre la mala que se ha puesta la vida y lo perjudiciales que son las blandenguerías con los barrios marginales y toda esa patraña izquierdista de la rehabilitación de los delincuentes. Y entonces dicen con mucha lógica y mucha colonia cara y con pulseras de cuero en las muñecas: si ya son ladrones, yonquis, violadores y asesinos a los doce años ¿para qué esperar a los dieciséis?
Así las madres de los niños de los barrios como El Rocío en Isla Cristina o San Pedro en Baena cuando vean que se les están estropeando no tendrán que esperar cuatro años y, con un poco de suerte, podrán compartir celda con sus hermanos mayores gracias a programas de reagrupamiento familiar carcelario. Cárcel sí pero con corazón, a ver si lo captamos. Así no tendrán que tirarlos en las grandes ciudades y nosotros podremos jugar al golf sin sobresaltos procurando con esmero y amor que nuestros nenes, que mañana vuelven de Irlanda, no se nos estropeen antes de tiempo o nunca.