JUAN ALFREDO BELLÓN
Octavio César Augusto fue emperador de Roma tras la muerte de César, en el siglo I, durante la llamada Paz Augusta, por lo que lo entronizaron en el Panteón de los dioses y le dedicaron el octavo mes del año, el de la recolección de los granos. Se dice también que alguien hace su agosto si cierra un buen negocio o se lucra aprovechando la ocasión oportuna, lo que poco tiene que ver con quien esto escribe, que renunció en la juventud a los negocios familiares y para quien, desde entonces, agosto es la cima del descanso estival discente y docente y del trato con el agua de que en gran parte estamos hechas las personas, que en verano ayuda a reinventar el sentido lúdico de la existencia y a realizar toda clase de tragos, baños y abluciones que amansan la calor y refrescan los ánimos.
También los Papas trasladaban en agosto la sede pontificia a Castelgandolfo para veranear, hasta que, primero el polaco y luego este teutón, prefirieron las montañas alpinas y parece que el Señor lo ha castigado dejándolo caer y romperse la muñeca derecha, no en el cuarto de baño, como decían primero fuentes vaticanas, sino en el dormitorio, acuciado por las urgencias prostáticas, la oscuridad y el desconocimiento del terreno, como dijo luego el portavoz papal tratando de atajar los comentarios maliciosos que empezaron a circular en las ediciones de la prensa electrónica achacando el percance a la reacción milagrosa y rebelde de algún miembro pontificio durante la práctica desordenada a la que lo sometía don Benedicto, que duerme con antifaz, como Madonna o Michael Jackson, para no ver ni en sueños ni en pintura las hazañas de Berlusconi y que ha olvidado la utilidad de aquellos sanjoseses y demás figuras religiosas de pasta fosforescente que se encendían, como las manecillas de ciertos relojes, orientándonos en las tinieblas nocturnas.
En cambio, en Granada, no hay que esperar a la noche para tropezar por doquier hasta romperse la crisma, por la coincidencia de obras agosteñas (Metro soterrado o en superficie; reformas de los paseos del Salón, la Bomba y el Violón; estrechamiento y ensanche caprichoso de aceras) o como en el Albaicín, por la ineptitud del gobierno municipal y su arcarde, empeñados en reformar contra natura el pavimento de un barrio al que el asfalto y las losas graníticas le pegan como a Fray Leopoldo un par de pistolas.
A ver si mis amigos Victoria Romero y Manolo Peña, que hoy se estrenan de concejales en la oposición, se arremangan con el resto de compañeras y compañeros y ayudan a construir la alternativa municipal que Granada necesita como agua de agosto.