MIGUEL ÁNGEL MARTÍN CÉSPEDES
Arrojarse adoquines es un clásico universal de la reyerta urbana. En Granada esta actividad revive: el adoquín es la nueva excusa para el enfrentamiento político local. La pavimentación del Albaicín (¿y la del resto de la ciudad?) pone a prueba los gustos estéticos y el conocimiento propio que del barrio tienen políticos y ciudadanos. Y, como siempre, se está cogiendo al rábano por las hojas.
En estos momentos la elección de un material u otro no es tremendamente significativo; al fin y al cabo, se volverá a desmontar dentro de tres o cinco años para nuevas remodelaciones de infraestructuras, como desaparecerán las barandillas cuando asome otra nueva empresa suministradora con su propio ‘pelotazo’.
Mientras tanto –una vez más– el documento definitorio más importante de Granada, el Plan General de Ordenación Urbana, deja melifluamente pasar la nueva oportunidad de apostar con decisión por un modelo reconocible de ciudad del que podamos sentirnos orgullosos y pueda llegar a ser merecedor de los reconocimientos externos. Aquí sería necesario recordar que llegar a ser ciudad Patrimonio de la Humanidad exige varios requisitos y algunas premisas; entre ellas está el tener verdaderas ganas de serlo. Pero ni esta corporación municipal, ni las anteriores (que no se trata de partidismos) han demostrado nunca la voluntad real de salvaguardar nuestro patrimonio urbano… tan enfrascadas en la voraz expansión por los entornos metropolitanos y en ofrecer su merecido cauce al tráfico rodado. Puede que por esta misma razón, en los foros de la Unesco revolotea, amenazante, la idea de que el Albaicín podría incorporarse a la lista de los lugares “en peligro”, que es algo más que perder una inscripción.
Por eso, pienso que éste es el momento de la decisión política y del debate ciudadano más importante. Déjense de adoquines.