MIGUEL HIGUERAS PÉREZ
Podríamos estar de acuerdo en esto: la característica fundamental de una sociedad es su compleja estructura. Por eso, resolver los conflictos sociales también es algo complejo, porque se manejan diferentes enunciados para un mismo problema. La mezcla de intereses económicos, políticos, ideológicos, religiosos, etc., hace que sea muy difícil acometer dichos problemas. Pongamos el caso de la de la enseñanza en la escuela pública. Resulta que siempre nos acordamos de Santa Rita cuando truena.
Digamos que nuestra programación biológica es así. Hemos perdido, aunque sea mínima, nuestra capacidad para anticiparnos a los acontecimientos y así restar incertidumbre al mundo que nos rodea. Bien, tampoco se le va exigir a toda la gente que tenga esa mínima capacidad de anticipación. Pero, ¿y a un político? ¿Se le puede exigir a un político que se anticipe a los acontecimientos de su competencia? Yo pienso que sí. Se supone que están para eso. O no. El ejemplo lo tenemos aquí, en España, cuando, en periodos cada vez más cortos de tiempo, se suceden actos de gran violencia, cuyos protagonistas son muy jóvenes.
En seguida surge el asunto de la educación. Es seguro que los padres de esos jóvenes pertenezcan a generaciones donde ya habría comenzado el declive del sistema educativo en nuestro país. Muchos profesores, jueces, intelectuales, etc., han llegado a a la siguiente conclusión: el origen del comportamiento antisocial de los más jóvenes está en la enseñanza, pues de ahí derivaría, a su vez, la nula capacidad de los padres para educar a sus hijos. ¿Qué hacer, suponiendo que ésa es la hipótesis más plausible? Pues una cosa razonable: llegar a un acuerdo sobre la enseñanza.
Pero la cosa en España no es tan sencilla. Porque, ¿es posible un acuerdo sobre la enseñanza por parte de los dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, cuando para ambos el concepto de Estado difiere en muchos aspectos? La respuesta es que no es posible. Luego el problema seguirá persistiendo y, claro está, agravándose. ¿Conclusión pesimista? Por supuesto; pero es que los políticos no llegan ni a eso. ¿Obligar de algún modo a que dialoguen entre ellos? Por qué no. Depende de los gobernados.