Habíamos quedado en que, en sentido contrario al mercado laboral –que hoy convierte a una persona en una herramienta y mañana en un cacharro inútil–, el hogar humaniza el ajuar.
El juego de humanización de útiles desde el punto de vista laboral es tan deprimente como el mundo del trabajo de los humanos porque ves las diferencias de uso y de trato. Si como empleado te toca ser batidora trabajarás desde el primer día hasta el último picando carne, haciendo mayonesa, levantando claras, preparando papillas… Tareas rutinarias, duras y sucias. Cuando te estropees te cambiarán sin pena ni gloria.
Te toca ser un jarrón feo que regaló una tía rica o muy querida (rara vez las dos cosas al tiempo) y serás toda la vida inútil pero se cuidarán mucho antes de hacerte desaparecer. Así viven los recomendados y los hijos de papá con largos apellidos. “Ponlo ahí por si viene la tía”. Cuando muere la tía no te pasa nada porque ya no te ven.
Entre lo mejor que se puede ser como trasto es una ‘fondue’ como las de los ochenta. Era fácil que llegaras a la casa (a la empresa) como regalo de boda, en la época fundacional. Había que currar mucho al principio, pero siempre con buen ambiente: el de las cenas de los amigos que aún no habían empezado a tener hijos, a dejar de reunirse, de hacer ‘fondues’ y de ser amigos. Pronto empezaba la buena vida de la fondue, en su caja, y con el futuro asegurado porque, si llegaba el divorcio con su reparto de enseres, jamás sería objeto de disputa. En crisis, la ‘fondue’ queda fuera de toda tensión, no como los cedés. Por su peso, es probable que quede en el mismo centro de trabajo donde jamás la despedirán por si acaso alguna vez apetece hacer ‘fondue’. Leal, siempre está ahí, dispuesta a calentar aceite o queso. Compara esa vida con la del tostador, que tiene que madrugar; con la de la sartén, todos los días en el fuego o con la de la paella de la abuela, que trabajaba todos los domingos y fiestas de guardar. !