PACO CRESPO
Los avatares de la vida me están convirtiendo en un descreído profundo. Escucho y leo noticias con cautela y ojeo opiniones con resquemor. Es como si me hubiera puesto un preservativo mental para que nadie me preñe con sandeces interesadas. Me resulta embarazoso digerir a tantísimo ´apesebrado´ que alumbra columnas "demandê", que dirían los gabachos. O sea, al dictado del amo de turno. La poca práctica siempre conduce al olvido y algunos ya ni recuerdan lo único que nos diferencia de los animales, raciocinio, pensar. Eso, y sobre todo exponerlo públicamente -se llama independencia-, es demasiado caro y socialmente peligroso. La conclusión es que fuera hace mucho frío -metáfora no estacional- y los míos me dan cobijo y abrigo. Así que nada de templar gaitas o darle cuartelillo al enemigo. Cuando tenga sed, polvorones. Por pringao y malagente.
La resultante es el irreconciliable divorcio entre la opinión pública y la opinión publicada. La primera es una percepción personal, creencia en estado puro. La segunda, intereses camuflados, agradecimientos ´sobrecogedores´. En la mayoría de los casos, que no siempre. Y los que no están en el sistema a lo peor es que nunca tuvieron nada que vender. O no encontraron comprador. Esta miniteoría que me conduce al descreimiento es aplicable a casi todos los temas relevantes de la Granada actual. Desde la amenazada independencia de CajaGranada, al soterramiento del metro a su paso por el Zaidín; desde la ´nom nata´ y vilipendiada televisión municipal al culebrón de la exhumación de los restos de Lorca; del atascado y reumático Milenio a la financiación ´por cojones´ de deportes profesionales, como el fútbol o el baloncesto. Nada de relieve escapa a los infinitos tentáculos de los intereses partidarios. Y siempre hay un mensajero -¡menuda profesión!- disponible para cantar bondades o a demonizar proyectos.
En el muy controvertido tema del futuro de CajaGranada -independiente o fusionada- lo politicamente correcto, y probablemente rentable, es abanderar una defensa numantina de la autonomía de la entidad cajera. En Málaga y Sevilla habitan los demonios financieros, que además tachan de talibán al baranda del Cubo. El pacto del Saray se ha convertido en una referencia tan granadina como la Toma o la procesión de Las Angustias. Según la opinión publicada. La opinión pública , menos dócil, tiene derecho a opiniones no contaminadas, basadas en criterios financieroprofesionales, lejos de las fronteras del provincialismo más cateto y de personalismos preñados de vanidad. ¿Por qué sería perjudicial formar parte de una gran caja andaluza?, ¿no generaría beneficios añadidos? O el clásico tópico de ¿cabeza de ratón o cola de león?
A lo mejor la conclusión es la misma: CajaGranada sólo debe entrar en las fusiones que lidere, pero criminalizar el debate no es el mejor camino para entenderlo. Hay muchos expertos, incluso en nómina de la entidad -sabotaje intelectual-, que dicen a todo el que quiere oírles que la autonomía de CajaGranada tiene fecha de caducidad por la propia dinámica del sector, acelerada ahora con la crisis. Si así fuera, lo deseable sería afrontar las fusiones desde una posición de fortaleza y consenso, no enrocados en posiciones indefendibles.
Indefendible parecía, y así lo vendieron los alérgicos a la Plaza del Carmen, la posición del alcalde Torres Hurtado sobre el trazado del Metro en determinados puntos de Zaidín. Política de confrontación con la Junta, cuanto peor mejor, victimismo... hasta que llegó a la consejería del ramo -Obras Públicas- la cordobesa y camarada Rosa Aguilar. Ya no son trazados imposibles, ni soluciones caprichosas. Ahora resulta que el soterramiento es lo razonable y conveniente, lo que ha dejado a más de uno con el culo al aire, instalado como estaba en el servilismo oficialista. ¡Joder con la coherencia de criterios! Entre la opinión pública y la opinión publicada casi siempre sobrevive algún veleta asilvestrado. Descreído, me declaro descreído por convicción.