Jazz en la Costa

 
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OLALLA CASTRO Siempre pensé que el canto de las sirenas, ése que distrajo al mismísimo Ulises de su obsesiva búsqueda de Ítaca, había de parecerse a un solo de saxo o de trompeta, a un fraseo de Davis, de Coltrane, de Charlie Parker. El sonido de los vientos en el jazz tiene algo de balbuceo hipnótico, algo capaz de sustraerte de cualquier reflexión y arrojarte a la música en su estado más puro, rasgando la corteza de la razón hasta desarmarte por completo. Los vientos en el jazz están tan cerca de la voz que su diálogo de notas es capaz de hablarnos sin palabras, de apelar al lenguaje sin usarlo, devolviéndonos a ese momento en el que, como en el arranque de Cien años de soledad, "el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo"; un lenguaje incorrupto, primigenio, cuya capacidad evocadora nos invita a cruzar umbrales ensombrecidos, iluminar caminos que el horizonte de la lengua oscureció en su vano intento de alumbrarlos. El mundo, monocromo, vulgar, insignificante, con sus pequeñas trampas cotidianas y sus telas de araña invisibles, cede en cada melodía, transmuta, se ablanda con la primera nota: el dolor, la frustración, el hastío, pero también la libertad, el deseo, todo aquello que apela de veras a la vida, ascienden desde el abdomen transformados en aire, se agolpan en la garganta y se modulan, recorriendo el tubo de metal hasta estallar en forma de arpegio, de rebelión sonora, de batalla feroz declarada contra el orden. El jazz llama a todo lo que esté hecho con piel o con pedazos de sueños, para sustraernos de los aullidos nocturnos de los taxis, de los golpes de tacón sobre la acera.
El jazz: un interrogante suspendido en el aire; el jazz: los ojos oscuros de Ella Fitzgerald; el jazz: pulsión indómita; el jazz: unas alas enormes desplegándose por encima de los edificios donde los oficinistas resuelven ecuaciones de mármol; el jazz: un dolor dulce, una punzada en el vientre, deseo en carne viva, pasaporte directo al afuera del mundo, ternura, vértigo, sacudida imprevisible, un caos dulce al que rendirse sin condiciones. Y estos días, cuando la edición de Jazz en la Costa cumple veintidós años, Almuñécar abre un festival de lujo por el que pasarán exponentes del jazz actual como Esperanza Spalding, Vince Benedetti o John Patitucci, homenajeando al enorme Miles Davis de la mano del que fuese su baterista, el legendario Jimmy Cobbs. Porque el jazz hay que ingerirlo sin preguntas, porque, como dijo Louis Armstrong cuando alguien le pidió que le explicase qué es el jazz, "si tienes que preguntártelo, nunca lo sabrás", mejor dejar de rodear conceptos con palabras y poner el ´Kind of Blue´.

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